Colombia, 20 de Abril de 2014
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LAS ANGUSTIAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA

Julio Altadil

 SUMARIO.—I. Introducción.—II. El castillo-palacio de Tudela.—III. Los asambleistas convocados.—IV. Comienza la asamblea.—V. Alocución de Sancho el Fuerte.—VI. Torturas, insomnios y promesas.—VII. Final de la asamblea.—VIII. Una pregunta.—

(Leyenda: fecha Mayo de 1212.) (a)

LAS TORTURAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA  Al más ejemplar, sublime y anciano patriota, Príncipe de nuestra Historia y nuestra Literatura, Maestro de la lingüística Vasca, señor D. Arturo Campión: Osaría titularme su discípulo; pero no mereciéndolo, me permito ofrecerle estas líneas, con tanto fervor como rendida humildad, el último de sus aprendices.

JULIO ALTADILL

LAS TORTURAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA 

Sello de Sancho El Fuerte

I

Papa Urbano IIEl Pontífice que con el título de Urbano II ocupaba la silla de San Pedro, allá por los años 1088 y siguientes, dijo a cierto grupo de nobles reunidos en Clermont, estas palabras: «Sois demasiado numerosos para vuestro país; por esta razón os destrozáis unos a otros. Es preferible que hagáis la paz, y fraternalmente asociados, salgáis a la Cruzada». 

¡Profética admonición!

Aquella nobleza escuchó el Pontifical consejo; y surgieron entonces espíritus que habían sido batalladores, inquietos, turbulentos y orgullosos; y acogieron la conseja tan justa como cristiana, del Padre sapientísimo de la Iglesia de Cristo; y quedó esparcida la semilla de la fe redentora y de la humanitaria aspiración, recomendadas por Su Santidad. 

Tan sapientísima admonición, prodigada en tierra francesa, a pesar del feudalismo imperante, llegó también a la península hispana, algún tanto iniciada del sistema feudal y ambicioso, donde la tosca nobleza conduciría al barbarismo, si bien creía y procedía como recomendado estaba ya por los preceptos humanitarios y los caritativos de la Ley de Dios y por el amor a los hombres de buena voluntad.

Ciertamente esa nobleza observaba las sanas doctrinas fundamentales: bautizaba en sus nobiliarias mansiones a sus hijos; les ejemplarizaba en la observancia del Decálogo; asistía al Santo sacrificio evocador de la Redención; practicaba sus devociones; y frecuentaba los sacramentos.

Y hasta ejercía la caridad cristiana con el pobre anciano y desvalido. Pero su libertad de  acción no reconocía trabas en la vida social; sostenía las diferencias de clase; las jerarquías públicas; las personales ambiciones; y su espíritu rebelde, delatando levantiscas tendencias, creaban a su alrededor un ambiente desagradable, sombrío ..... En suma, la armonía jurídica y social no sobrenadaba, ni mucho menos la observación pacifista aconsejada por el Pontificado, tomaba carta de naturaleza; y aquellos nobilísimos ideales de paz y armonía, no extinguieron de momento el ambiente anárquico que constituía el sustento predilecto de la clase privilegiada, más propensa a las memorias de su posición elevada; a las tradiciones familiares engalanadas con las leyendas heroicas más o menos fantaseadas; a los poemas marciales; a los cánticos guerreros y a los románticos himnos belicosos. Era la época del feudalismo tirano que aquí no llegó a tener prosélitos y apenas si se acercó a bordearlos. ¡Se aproximaba trabajosamente la enmienda! Consecuencia lógica de la proximidad de nuestra Navarra a las cortesanas y casi principescas del mediodía de Francia, y de las afinidades de raza, las regiones de Provenza, Toulousse y Narbona, Cominges, Novempopulania y Aquitania, en lugar de castillos incipientes, tétricos y ruines, fué surgiendo a la vida colectiva, animada y amistosa, con auras pacíficas y maneras nobiliarias, preludios proféticos de mayores y mejores tiempos. ¡Llegaba ya la enmienda!

Influencias menos refinadas y exigencias defensivas del territorio, presidieron a la  erección del castillo ribereño tudelano, que por vicisitudes reveladas en la Historia, dió lugar a la preponderancia del más ancestral de los palacios-castillos de la monarquía navarra, fortaleza que sostenida con otro ambiente distinto del imperante en la nación vecina, no vivió una vida doméstica bañada en el lujo, el confort y el bienestar, ni en el calor de un regio hogar, en días sucesivos, tal vez por las circunstancias especiales concurrentes en aquel monarca valiente y batallador, rama final del Rey postrero, miembro último y directo de la pura y neta raza vascona; tal vez también por las modalidades de los siglos que impusieron la abstracción de la molicie, exigiendo recostar la cabeza sobre la dura coraza, teniendo al alcance de la diestra el férreo casco,  preferentes al mullido almohadón y cuidando de conservar bruñida la espada del soldado combatiente y afiladas la corta daga y la larga lanza a todo evento, es el caso que hasta las postrimerías de aquel prolongado reinado mil veces deslumbrador, el palacio-castillo de Tudela no se nos rebela como mansión regia esplendorosa y a esos decenios iniciales hemos forzosamente de con traernos en esta ocasión, cuando al regio Alcázar de Tudela acuden varones distinguidos del Reino pirenaico, en Mayo del año glorioso 1212.

II

Ciudad de TudelaTrasladémonos a esos tiempos, cruzando por debajo del arco románico llamado «el Postiguillo», dejemos a nuestra derecha la torre de La Flor con su baluarte almenado, y continuemos dejando a la izquierda la torre de «los Albazares», ascendiendo en la empinada cuesta hasta la puerta principal llamada Ferreña y las sucesivas «Torre mayor» o de «Doña Mejón». Ya en la explanada sobre la cual se asienta la imponentísima fortaleza, lo primero que llamará nuestra atención, será la inmensa mole de un triple anillo de altos y recios murallones espaciados por anchos y profundos fosos y espesores de tres a cinco metros, construidos en almendrón, y en su interior aparece a nuestra vista un altivo y fortísimo palacio que se yergue en el centro del recinto; en el interior de esa robusta construcción, se encuentra un salón en el cual se venían celebrando las sesiones de Cortes ordinarias, con asistencia de los Nobles, Abades y Priores, más el brazo militar, los cuales habitualmente asesoraban al Rey Don Sancho, el mismo que antes de su fallecimiento había de ser apodado con el inconmovible apelativo de FUERTE. Fuerte por sus músculos de acero. Fuerte por el temple de sus energías. Fuerte por su descomunal estatura. Fuerte por su asombrosa complexión física. Fuerte por su talento y previsión. Fuerte por sus riquezas incontables. Fuerte por sus creencias arraigadas. Y Fuerte en fin, por su amor insuperado al Reino que rigió y gobernó con un amor sin límites, que rebasó a los entusiastas amores de sus ascendientes todos, por mucho que hubieran idolatrado al Reino navarro y de cuyo trono es el más sólido apoyo en el solar Pirenaico.

A nuestra vista aparece a través de los siglos, como EL HÉRCULES físico, material y moral de nuestra Historia y de sus antepasados.

Henos ya en la explanada interior del castillo tudelano. Supóngasenos, para informar con exactitud al lector, injertados entre los grupos del centenar de personajes convocados a la proyectada asamblea: escuchándoles acá y acullá, tan solo hemos podido apercibirnos de que el asunto granado a tratar en la sesión, es de tal magnitud, que excedía a los que de ordinario solían someterse al consejo de los doce ancianos, ricos-homes y expertos del Reino; por lo cual, el monarca pretendía ahora escuchar a mayores autoridades en calidad y cantidad, dada la escepcional trascendencia del acuerdo que recayera; y en consideración a ello, se había rogado con encarecimiento en las invitaciones, no eludieran la asistencia, pero se había ocultado el motivo concreto de la convocatoria. Todo despertaba la curiosidad inmoderada y proporcional a la forma singular del procedimiento adoptado por el Rey. El afán de adivinar esa incógnita, abrió campo ilimitado a las conjeturas, llegando al desbordamiento de las suposiciones: la falta de salud del soberano, fué momentáneamente una de las hipótesis, pero no tardó en desvanecerse, ya que constaba era perfecta y públicamente comprobada por el pueblo tudelano, aunque iniciándose honda preocupación en sus ademanes y en sus palabras, durante los días precedentes.

Tampoco adquirió consistencia la sospecha de alguna imprevista invasión por los reinos vecinos, idea prontamente deshechada, ya que siendo muy diversas las procedencias de los convocados, unánimes declaraban éstos no existir ni el más remoto indicio de tales intentos. En general se reconocía que hubiera sido inconveniente descubrir la causa de promover esta asamblea, para evitar públicas preocupaciones, de las cuales llegaran a surgir alarmantes intranquilidades. Así pues, imponiéndose la sensatez, predominó el sentir de la confianza plena, ilimitada e indiscutible, que aureolaba al talento del soberano, cuyo excelente criterio merecía toda clase de convencimientos. Debían por tanto aplacar toda impaciencia y esperar unos momentos, para salir de incertidumbres y descorrer el velo del misterioso tema, reconociéndose por unanimidad, ya que la iniciativa real era digna de todos los respetos y muy bien podía tender a evitar prejuicios y confabulaciones que restaran al acuerdo o acuerdos que en definitiva se llegaran a adoptar, el más lejano riesgo de un error trascendental.

En el recinto cercado por los muros se advierte sobre todo, la nota de seguridad, merced a los tres paralelos murallones al estilo de las futuras ciudadelas, con el aditamento de varios torreones cilíndricos y prismáticos, intercalados a lo largo de aquellas murallas, detalles evocantes a las fortalezas de Antioquía y de Jerusalén, según impresiones que anteriores visitadores de Tierra Santa, habían suministrado al arquitecto Martín Periz de Estella, mazonero de las obras del Rey en Tudela.

La torre central no se destinaba por ahora al alojamiento de la real familia. En un principio había sido atalaya de observación y punto fijo de centinelas o vigilantes de seguridad. Más tarde sirvió de solaz y recreo, dada la atrayente vista panorámica que desde tal observatorio se descubría, ya hacia el Norte y Sur por las movidas aguas del Ebro que bordean la sorprendente y fertil campiña de la llanura, enriquecida por los riegos de la caudalosa corriente fluvial; ya hacia el Poniente por las intrincadas selvas de los montes de Cierzo, o al Oriente, por las fragosas Bardenas majestuosas, pletóricas de espeso arbolado; y más cerca, por el magnífico puente y el espléndido templo románico de la Catedral que parece cobijar bajo sus alas inconmensurables al vecindario de Tudela.

El Palacio o residencia real le constituyen ingentes moles de sólida construcción, comunicándose por una espléndida y artística galería, teniendo acceso este conjunto, mediante una suntuosa y amplia escalinata a cielo descubierto y otra similar bajo techado. Ventanales románicos delatan la majestad espaciosa de diversas cámaras y salones, preservándoles de la acción e inclemencia exteriores mediante enormes bastidores de cristalerías coloreadas a piezas pequeñas, a semejanza de los ventanales que decoran los ojivales, lucernas y los ajimezados dibujos moriscos traslúcidos de alabastro, que proporcionan luz natural a la nave y al ábside del primer templo o Seo tudelana. En ese cuerpo grueso del Palacio trabajaron artífices tan renombrados como Andreu de Ham y otros procedentes como el citado, célebres decoradores venidos de Bélgica, a los que acompaña el habilísimo Lope Berbinzano, maestro de la carpintería del castillo.

Entre unas y otras construcciones restan espacios ocupados por jardines y dependencias reservados al elemento marcial, pero es el más notable y sobre ellos se destaca otro edificio, que alberga al denominado el Porch, cuya nave principal se venía reservando a sala de Justicia, estancia que al efecto se había habilitado para celebrar la asamblea extraordinaria promovida por el Monarca. Hallábase decorada con tapices evocantes a la Historia sagrada, siendo éstos labor prRestos del Castillo de Tudelaocedente de femeniles manos y suma delicadeza, alternando con reposteros heráldicos, bordados de oro y plata; mas, refulgentes panoplias constituídas por lanzas, alabardas, espadones de dos manos, ballestas y guisarmas, mazas y clavas; cascos y corazas, guarnecidos de hierro y acero; en esas panoplias se veían reproducidas las armas antiguas del Reino, las águilas esployadas y las imágenes de Nuestra Señora, la Virgen Blanca venerada en Ujué y en Pamplona.

III

En esa nuestra correría investigadora pudimos ir anotando algunas de las personalidades llamadas a este Congreso informador, cuya reso lución ansiaba conocer el monarca y cuya actitud y consulta retenía secretas, dada la trascendencia sobre la cual había de fallar la asamblea.

Figuraba en primer término de la concurrencia, el porta estandarte real D. Gome Garcés de Agoncillo, Alférez mayor del Reino, noble llamado por su categoría principal dentro de la Nación.

Hallándose vacante la sede episcopal por fallecimiento en Roma el día 2 de Septiembre de 1211, D. Juan de Tarazona, cuyo hueco no había sido provisto todavía, el brazo eclesiástico estaba representado en primer lugar por D. Juan de Ullate, Prior de la Orden de San Juan de Jerusalén; y en segundo por D. Guillermo de Santonge, Prior de Santa María de Tudela.

De entre los Alcaides de castillos, aparecía como de mayor antigüedad el nobilísimo caballero D. Rodrigo de Argaiz, que había mandado el castillo de Leguín hasta el año 1208. Era señor de Cintruénigo en 1219 y concurrió con su mesnada para formar la guardia de honor en el solemne acto según se desprende de su testamento fechado en San Salvador de Leire.

Asimismo concurría el Barón de Garro, con su mesnada de respeto, mandándola en persona D. Aznar de Oteiza. También se hallaba entre los convocados, el linajudo caballero don Ximeno de Góngora, que en la jornada de Tolosa ostentó su blasón de cinco leones. Y a su inmediación vimos a D. Sancho Martínez de Subiza con su hermano D. Martín, cuyo escudo familiar se enriqueció más tarde con la orla de las emblemáticas cadenas. Acompañaba a ambos la pareja de los dos hermanos menores de la ilustre  familia.

Contábanse asimismo entre los convocados el señor de Sartaguda, otro individuo de la misma ilustre familia, D. Pedro Martínez de Subiza, Rico-hombre, que había gobernado en Cáseda, en Erga y en Rocafort.

Allí encontramos a D. Ramón de Peralta, ostentando en su indumentaria el grifo alado de su estirpe y cuyo símbolo nobiliario había de enriquecerse con las simbólicas cadenas que ganó en Las Navas, acrecentando así el lustre de la noble casa.

También concurría el noble señor de Atondo, D. Sancho de Atondo. Otro noble caballero de los llamados, fué D. Diego Alvarez, señor de Labraza, que venía sirviendo como Gobernador del castillo del mismo nombre y volvió al mismo cometido luego de la jornada de Las Navas, pasando más tarde al castillo de Los Arcos.

Fué también muy estimada la concurrencia del insigne Capitán don Fermín de Marcilla, Infanzón valeroso que había de distinguirse en la ya repetida jornada de Las Navas de Tolosa, por su valor y marciales iniciativas.

Formando un espléndido grupo los señores de Cascante con tres individuos muy distinguidos entre la nobleza navarra, de los cuales recordamos a D. Sancho y D. Pedro de Monteagudo, acompañados del señor D. Floristan de Agramónt.

Igualmente vimos allí a los tres nobles Fortuñez, D. Lope, D. Ochoa y D. Sancho, que también habían de concurrir a la espléndida y gloriosa jornada.

Hallábase también el noble D. Ximeno de Aibar, que ostentaba el título de señor de Burgui.

Vimos asímismo a los Ladrón P. Pedro y D. Vélez, de Guevara. E igualmente anotamos a los Vidaurres D. Juan, D. Gil y D. García, que habían de ostentar el señorío de Mendigorría y lucir en su escudo las simbólicas cadenas.

Allí estaba también D. Bibiano de Agramónt, señor de Agramónt. Como asimismo el señor del Bearn D. Gastón del propio apellido y el Vizconde de Labourd D. Guillermo de Sault y D. Español de Domezain, caballero de Ultrapuertos; y en otro grupo cercano veíanse a los Barrauta, Zubieta, Miramón y Baztán; y encontrábanse próximos el Preboste D. Martín de Hualde y D. Alonso de Guendulain que fué Gobernador de la fortaleza de Vitoria, en el año 1200.

En otra agrupación hallamos a los Alcaides siguientes: D. García de Oriz, del castillo de Amayur, Rico-hombre del Reino, que luego ejerció el mismo cargo en Miranda y Caparroso; D. Iñigo de Oriz, caballero de Azut, que mandó el castillo de Erga; D. Rodrigo de Arazuri, señor de Tudela; D. Iñigo de Oteiza; el señor de Aguinaga, caballero de las Ordenes militares; D. Fermín de Aguinaga y el señor de Rada, Rico-hombre; D. Simón de Rada, con su hermano D. Martín de Rada y D. Pedro González de Marañón y D. Gil Garcés que había gobernado en Larraga el año 1208, y que luego gobernó en Miranda el año 1214.

No podía faltar el Infante D. Juan, hijo del noble D. Alonso Ramírez; y D. Pedro Garcés de Arróniz que había gobernado en San Juan de Pie del Puerto en el primer decenio de aquel siglo y en Lerín el año 1208; y D. García Garcés de Aoiz que luego había de gobernar en Aoiz y en Sesma; y D. Pedro Garcés de Agoncillo que había precedido a su hermano D. Gome en los cargos de Alférez mayor y porta estandarte del Reino.

Había también concurrido el noble navarro D. García Ramírez, señor de Peñacerrada y que hubo de mandar la vanguardia en la épica jornada de Las Navas de Tolosa.

Allí estaban también el señor de Calchetas D. Aznar de Rada, que ya en los tiempos de D. ancho el Sabio había gobernado en Falces y en Valtierra; y junto a éste, los demás hombres de la gran familia de los Radas D. Ximeno, D. Martín, D. Simón, D. Miguel y D. Iñigo de Rada, pertenecientes varios de ellos a las Ordenes militares.

De la propia suerte estaban allí el señor de la casa noble de Lacarra, que después de la memorable batalla ostentó en su escudo nobiliario dos cuarteles con las cadenas ganadas en Las Navas, y D. Pedro Martínez de Olleta, señor de Tafalla que había gobernado el castillo de Artajona; y D. Iñigo Gomacin, Merino mayor de Tudela; y el Conde Marcel de la Piscina; y el señor de Leiva, D. Juan Martínez de Avalos; y el señor de Peralta, Rico-hombre del Reino, D. Rodrigo de Baztán, con sus coterráneos D. Gimeno, D. Fortuño y D. Juan que ejercieron el mando de otros castillos realengos y ganaron todos ellos para su escudo el honor de las cadenas victoriosas y D. Iñigo de Mendoza, almirante de la Navarrería; y los Leet D. Arnal y D. Pedro que gobernaron los castillos de Peralta y Artajona; y D. Miguel de Lerat, alcaide de Sangüesa y San Adrián; y los Iñiguez Martín, Ximeno y Diego, señores de Laguardia el primero y el tercero; con más D. Mauleón de Cascante, señor de Rada y Artieda, que lució también las repetidas cadenas en su nobiliario escudo de armas; y los Zúñigas D. Juan y D. Diego; y el caballero de la Orden del Temple D. Pedro Jordán, señor de Murillo, como otros varios cuyos nombres no ha podido retener mi fragil memoria.


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