LAS ANGUSTIAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA
Julio Altadil
SUMARIO.—I. Introducción.—II.
El castillo-palacio de Tudela.—III. Los asambleistas convocados.—IV. Comienza
la asamblea.—V. Alocución de Sancho el Fuerte.—VI.
Torturas, insomnios y
promesas.—VII. Final de la asamblea.—VIII. Una pregunta.—
(Leyenda: fecha Mayo de
1212.) (a)
LAS TORTURAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA
Al más ejemplar, sublime y anciano
patriota, Príncipe de nuestra Historia y nuestra Literatura, Maestro de la
lingüística Vasca, señor D. Arturo Campión:
Osaría titularme su discípulo; pero no
mereciéndolo, me permito ofrecerle estas líneas, con tanto fervor como rendida
humildad, el último de sus aprendices.
JULIO ALTADILL
LAS TORTURAS DEL REY FUERTE EN EL CASTILLO DE TUDELA

I
El Pontífice que con
el título de Urbano II ocupaba la silla de San Pedro, allá por los años 1088 y
siguientes, dijo a cierto grupo de nobles reunidos en Clermont, estas palabras:
«Sois
demasiado numerosos para vuestro país; por esta razón os destrozáis unos a
otros. Es preferible que hagáis la paz, y fraternalmente asociados, salgáis a
la Cruzada».
¡Profética
admonición!
Aquella nobleza
escuchó el Pontifical consejo; y surgieron entonces espíritus que habían sido
batalladores, inquietos, turbulentos y orgullosos; y acogieron la
conseja tan justa como cristiana, del Padre sapientísimo de la Iglesia de
Cristo; y quedó esparcida la semilla de la fe redentora y de la humanitaria
aspiración, recomendadas por Su Santidad.
Tan sapientísima admonición,
prodigada en tierra francesa, a pesar del feudalismo imperante, llegó también a
la península hispana, algún tanto iniciada del sistema feudal y ambicioso,
donde la tosca nobleza conduciría al barbarismo, si bien creía y procedía como
recomendado estaba ya por los preceptos humanitarios y los caritativos de la
Ley de Dios y por el amor a los hombres de buena voluntad.
Ciertamente esa
nobleza observaba las sanas doctrinas fundamentales: bautizaba en sus
nobiliarias mansiones a sus hijos; les ejemplarizaba en la observancia del
Decálogo; asistía al Santo sacrificio evocador de la Redención; practicaba sus
devociones; y frecuentaba los sacramentos.
Y hasta ejercía la
caridad cristiana con el pobre anciano y desvalido. Pero su libertad de acción no reconocía trabas en la vida social; sostenía
las diferencias de clase; las jerarquías públicas; las personales ambiciones; y
su espíritu rebelde, delatando levantiscas tendencias, creaban a su alrededor
un ambiente desagradable, sombrío ..... En suma, la armonía jurídica y social
no sobrenadaba, ni mucho menos la observación pacifista aconsejada por el
Pontificado, tomaba carta de naturaleza; y aquellos nobilísimos ideales de paz
y armonía, no extinguieron de momento el ambiente anárquico que constituía el
sustento predilecto de la clase privilegiada, más propensa a las memorias de su
posición elevada; a las tradiciones familiares engalanadas con las leyendas heroicas
más o menos fantaseadas; a los poemas marciales; a los cánticos guerreros y a
los románticos himnos belicosos. Era la época del feudalismo tirano que aquí no
llegó a tener prosélitos y apenas si se acercó a
bordearlos. ¡Se aproximaba trabajosamente la enmienda! Consecuencia lógica de
la proximidad de nuestra Navarra a las cortesanas y casi principescas del
mediodía de Francia, y de las afinidades de raza, las regiones de Provenza,
Toulousse y Narbona, Cominges, Novempopulania y Aquitania, en lugar de
castillos incipientes, tétricos y ruines, fué surgiendo a la vida colectiva,
animada y amistosa, con auras pacíficas y maneras nobiliarias, preludios
proféticos de mayores y mejores tiempos. ¡Llegaba ya la enmienda!
Influencias menos
refinadas y exigencias defensivas del territorio, presidieron a la erección del castillo ribereño tudelano, que
por vicisitudes reveladas en la Historia, dió lugar a la preponderancia del más
ancestral de los palacios-castillos de la monarquía navarra, fortaleza que
sostenida con otro ambiente distinto del imperante en la nación vecina, no
vivió una vida doméstica bañada en el lujo, el confort y el bienestar, ni en el
calor de un regio hogar, en días sucesivos, tal vez por las circunstancias
especiales concurrentes en aquel monarca valiente y batallador, rama final del
Rey postrero, miembro último y directo de la pura y neta raza vascona; tal vez
también por las modalidades de los siglos que impusieron la abstracción de la
molicie, exigiendo recostar la cabeza sobre la
dura coraza, teniendo al alcance de la diestra el férreo casco, preferentes al mullido almohadón y cuidando de
conservar bruñida la espada del soldado combatiente y afiladas la corta daga y
la larga lanza a todo evento, es el caso que hasta las postrimerías de aquel
prolongado reinado mil veces deslumbrador, el palacio-castillo de Tudela no se nos
rebela como mansión regia esplendorosa y a esos decenios iniciales hemos
forzosamente de con traernos en esta ocasión, cuando al regio Alcázar de Tudela
acuden varones distinguidos del Reino pirenaico, en Mayo del año glorioso 1212.
II
Trasladémonos a esos
tiempos, cruzando por debajo del arco románico llamado «el
Postiguillo», dejemos a nuestra derecha la torre de La Flor con su baluarte
almenado, y continuemos dejando a la izquierda la torre de «los
Albazares», ascendiendo
en la empinada cuesta hasta la puerta principal llamada Ferreña y las sucesivas «Torre mayor» o de «Doña Mejón». Ya en la explanada
sobre la cual se asienta la imponentísima fortaleza, lo primero que llamará
nuestra atención, será la inmensa mole de un triple anillo de altos y recios
murallones espaciados por anchos y profundos fosos y espesores de tres a cinco
metros, construidos en almendrón, y en su interior aparece a nuestra vista un altivo
y fortísimo palacio que se yergue en el centro del recinto; en el interior de
esa robusta construcción, se encuentra un salón en el cual se venían celebrando
las sesiones de Cortes ordinarias, con asistencia de los Nobles, Abades y Priores, más el brazo militar, los cuales habitualmente asesoraban al Rey Don
Sancho, el mismo que antes de su fallecimiento había de ser apodado con el
inconmovible apelativo de FUERTE. Fuerte por sus músculos de
acero. Fuerte
por
el temple de sus energías. Fuerte por su descomunal estatura. Fuerte por su asombrosa complexión
física. Fuerte
por
su talento y previsión. Fuerte por sus riquezas incontables. Fuerte por sus creencias
arraigadas. Y Fuerte en fin, por su amor insuperado al Reino que rigió y gobernó con
un amor sin límites, que rebasó a los entusiastas amores de sus ascendientes
todos, por mucho que hubieran idolatrado al Reino navarro y de cuyo trono es el
más sólido apoyo en el solar Pirenaico.
A nuestra vista
aparece a través de los siglos, como EL HÉRCULES físico, material y
moral de nuestra Historia y de sus antepasados.
Henos ya en la
explanada interior del castillo tudelano. Supóngasenos, para informar con
exactitud al lector, injertados entre los grupos del centenar de personajes
convocados a la proyectada asamblea: escuchándoles acá y acullá, tan solo hemos
podido apercibirnos de que el asunto granado a tratar en la sesión, es de tal magnitud, que
excedía a los que de ordinario solían someterse al consejo de los doce
ancianos, ricos-homes y expertos del Reino; por lo cual, el monarca pretendía
ahora escuchar a mayores autoridades en calidad y cantidad, dada la escepcional
trascendencia del acuerdo que recayera; y en consideración a ello, se había
rogado con encarecimiento en las invitaciones, no eludieran la asistencia, pero
se había ocultado el motivo concreto de la convocatoria. Todo despertaba la
curiosidad inmoderada y proporcional a la forma singular del procedimiento
adoptado por el Rey. El afán de adivinar esa incógnita, abrió campo ilimitado a
las conjeturas, llegando al desbordamiento de las suposiciones: la falta de
salud del soberano, fué momentáneamente una de las hipótesis, pero no tardó en
desvanecerse, ya que constaba era perfecta y públicamente comprobada por el
pueblo tudelano, aunque iniciándose honda preocupación en sus ademanes y en sus
palabras, durante los días precedentes.
Tampoco adquirió
consistencia la sospecha de alguna imprevista invasión por los reinos vecinos,
idea prontamente deshechada, ya que siendo muy diversas las procedencias de los
convocados, unánimes declaraban éstos no existir ni el más remoto indicio de
tales intentos. En general se reconocía que hubiera sido inconveniente
descubrir la causa de promover esta asamblea, para evitar públicas
preocupaciones, de las cuales llegaran a surgir alarmantes intranquilidades.
Así pues, imponiéndose la sensatez, predominó el sentir de la confianza plena,
ilimitada e indiscutible, que aureolaba al talento del soberano, cuyo excelente
criterio merecía toda clase de convencimientos. Debían por tanto aplacar toda
impaciencia y esperar unos momentos, para salir de incertidumbres y descorrer
el velo del misterioso tema, reconociéndose por unanimidad, ya que la
iniciativa real era digna de todos los respetos y muy bien podía tender a
evitar prejuicios y confabulaciones que restaran al acuerdo o acuerdos que en
definitiva se llegaran a adoptar, el más lejano riesgo de un error trascendental.
En el recinto
cercado por los muros se advierte sobre todo, la nota de seguridad, merced a
los tres paralelos murallones al estilo de las futuras ciudadelas, con el
aditamento de varios torreones cilíndricos y prismáticos, intercalados a lo
largo de aquellas murallas, detalles evocantes a las fortalezas de Antioquía y
de Jerusalén, según impresiones que anteriores visitadores de Tierra Santa,
habían suministrado al arquitecto Martín Periz de Estella, mazonero de las
obras del Rey en Tudela.
La torre central no
se destinaba por ahora al alojamiento de la real familia. En un principio había
sido atalaya de observación y punto fijo de centinelas o vigilantes de
seguridad. Más tarde sirvió de solaz y recreo, dada la atrayente vista
panorámica que desde tal observatorio se descubría, ya hacia el Norte y Sur por
las movidas aguas del Ebro que bordean la sorprendente y fertil campiña de la
llanura, enriquecida por los riegos de la caudalosa corriente fluvial; ya hacia
el Poniente por las intrincadas selvas de los montes de Cierzo, o al Oriente,
por las fragosas Bardenas majestuosas, pletóricas de espeso arbolado; y más
cerca, por el magnífico puente y el espléndido templo románico de la Catedral que
parece cobijar bajo sus alas inconmensurables al vecindario de Tudela.
El Palacio o
residencia real le constituyen ingentes moles de sólida construcción,
comunicándose por una espléndida y artística galería, teniendo acceso este
conjunto, mediante una suntuosa y amplia escalinata a cielo descubierto y otra
similar bajo techado. Ventanales románicos delatan la majestad espaciosa de
diversas cámaras y salones, preservándoles de la acción e inclemencia
exteriores mediante enormes bastidores de cristalerías coloreadas a piezas
pequeñas, a semejanza de los ventanales que decoran los ojivales, lucernas y
los ajimezados dibujos moriscos traslúcidos de alabastro, que proporcionan luz
natural a la nave y al ábside del primer templo o Seo tudelana. En ese cuerpo grueso
del Palacio trabajaron artífices tan renombrados como Andreu de Ham y otros
procedentes como el citado, célebres decoradores venidos de Bélgica, a los que
acompaña el habilísimo Lope Berbinzano, maestro de la carpintería del castillo.
Entre unas y otras
construcciones restan espacios ocupados por jardines y dependencias reservados
al elemento marcial, pero es el más notable y sobre ellos se destaca otro
edificio, que alberga al denominado el Porch, cuya nave principal
se venía reservando a sala de Justicia, estancia que al efecto se había
habilitado para celebrar la asamblea extraordinaria promovida por el Monarca.
Hallábase decorada con tapices evocantes a la Historia sagrada, siendo éstos
labor pr ocedente de femeniles manos y suma delicadeza, alternando con
reposteros heráldicos, bordados de oro y plata; mas, refulgentes panoplias
constituídas por lanzas, alabardas, espadones de dos manos, ballestas y
guisarmas, mazas y clavas; cascos y corazas, guarnecidos de hierro y acero; en esas
panoplias se veían reproducidas las armas antiguas del Reino, las águilas
esployadas y las imágenes de Nuestra Señora, la Virgen Blanca venerada en Ujué
y en Pamplona.
III
En esa nuestra
correría investigadora pudimos ir anotando algunas de las personalidades
llamadas a este Congreso informador, cuya reso lución ansiaba conocer el
monarca y cuya actitud y consulta retenía secretas, dada la trascendencia sobre
la cual había de fallar la asamblea.
Figuraba en primer
término de la concurrencia, el porta estandarte real D. Gome Garcés de
Agoncillo, Alférez mayor del Reino, noble llamado por su categoría principal
dentro de la Nación.
Hallándose vacante
la sede episcopal por fallecimiento en Roma el día 2 de Septiembre de 1211, D.
Juan de Tarazona, cuyo hueco no había sido provisto todavía, el brazo
eclesiástico estaba representado en primer lugar por D. Juan de Ullate, Prior
de la Orden de San Juan de Jerusalén; y en segundo por D. Guillermo de
Santonge, Prior de Santa María de Tudela.
De entre los
Alcaides de castillos, aparecía como de mayor antigüedad el nobilísimo
caballero D. Rodrigo de Argaiz, que había mandado el castillo de Leguín hasta
el año 1208. Era señor de Cintruénigo en 1219 y concurrió con su mesnada para
formar la guardia de honor en el solemne acto según se desprende de su
testamento fechado en San Salvador de Leire.
Asimismo concurría
el Barón de Garro, con su mesnada de respeto, mandándola en persona D. Aznar de
Oteiza. También se hallaba entre los convocados, el linajudo caballero don Ximeno
de Góngora, que en la jornada de Tolosa ostentó su blasón de cinco leones. Y a
su inmediación vimos a D. Sancho Martínez de Subiza con su hermano D. Martín,
cuyo escudo familiar se enriqueció más tarde con la orla de las emblemáticas cadenas.
Acompañaba a ambos la pareja de los dos hermanos menores de la ilustre familia.
Contábanse asimismo
entre los convocados el señor de Sartaguda, otro individuo de la misma ilustre
familia, D. Pedro Martínez de Subiza, Rico-hombre, que había gobernado en
Cáseda, en Erga y en Rocafort.
Allí encontramos a
D. Ramón de Peralta, ostentando en su indumentaria el grifo alado de su estirpe
y cuyo símbolo nobiliario había de enriquecerse con las simbólicas cadenas que
ganó en Las Navas, acrecentando así el lustre de la noble casa.
También concurría el
noble señor de Atondo, D. Sancho de Atondo. Otro noble caballero de los
llamados, fué D. Diego Alvarez, señor de Labraza, que venía sirviendo como
Gobernador del castillo del mismo nombre y volvió al mismo cometido luego de la
jornada de Las Navas, pasando más tarde al castillo de Los Arcos.
Fué también muy
estimada la concurrencia del insigne Capitán don Fermín de Marcilla, Infanzón
valeroso que había de distinguirse en la ya repetida jornada de Las Navas de Tolosa,
por su valor y marciales iniciativas.
Formando un
espléndido grupo los señores de Cascante con tres individuos muy distinguidos
entre la nobleza navarra, de los cuales recordamos a D. Sancho y D. Pedro de
Monteagudo, acompañados del señor D. Floristan de Agramónt.
Igualmente vimos
allí a los tres nobles Fortuñez, D. Lope, D. Ochoa y D. Sancho, que también
habían de concurrir a la espléndida y gloriosa jornada.
Hallábase también el
noble D. Ximeno de Aibar, que ostentaba el título de señor de Burgui.
Vimos asímismo a los
Ladrón P. Pedro y D. Vélez, de Guevara. E igualmente anotamos a los Vidaurres
D. Juan, D. Gil y D. García, que habían de ostentar el señorío de Mendigorría y
lucir en su escudo las simbólicas cadenas.
Allí estaba también
D. Bibiano de Agramónt, señor de Agramónt. Como asimismo el señor del Bearn D.
Gastón del propio apellido y el Vizconde de Labourd D. Guillermo de Sault y D.
Español de Domezain, caballero de Ultrapuertos; y en otro grupo cercano veíanse
a los Barrauta, Zubieta, Miramón y Baztán; y encontrábanse próximos el Preboste
D. Martín de Hualde y D. Alonso de Guendulain que fué Gobernador de la
fortaleza de Vitoria, en el año 1200.
En otra agrupación
hallamos a los Alcaides siguientes: D. García de Oriz, del castillo de Amayur,
Rico-hombre del Reino, que luego ejerció el mismo cargo en Miranda y Caparroso;
D. Iñigo de Oriz, caballero de Azut, que mandó el castillo de Erga; D. Rodrigo
de Arazuri, señor de Tudela; D. Iñigo de Oteiza; el señor de Aguinaga,
caballero de las Ordenes militares; D. Fermín de Aguinaga y el señor de Rada,
Rico-hombre; D. Simón de Rada, con su hermano D. Martín de Rada y D. Pedro González
de Marañón y D. Gil Garcés que había gobernado en Larraga el año 1208, y que
luego gobernó en Miranda el año 1214.
No podía faltar el
Infante D. Juan, hijo del noble D. Alonso Ramírez; y D. Pedro Garcés de Arróniz
que había gobernado en San Juan de Pie del Puerto en el primer decenio de aquel
siglo y en Lerín el año 1208; y D. García Garcés de Aoiz que luego había de
gobernar en Aoiz y en Sesma; y D. Pedro Garcés de Agoncillo que había precedido
a su hermano D. Gome en los cargos de Alférez mayor y porta estandarte del
Reino.
Había también
concurrido el noble navarro D. García Ramírez, señor de Peñacerrada y que hubo
de mandar la vanguardia en la épica jornada de Las Navas de Tolosa.
Allí estaban también
el señor de Calchetas D. Aznar de Rada, que ya en los tiempos de D. ancho el
Sabio había gobernado en Falces y en Valtierra; y junto a éste, los demás
hombres de la gran familia de los Radas D. Ximeno, D. Martín, D. Simón, D.
Miguel y D. Iñigo de Rada, pertenecientes varios de ellos a las Ordenes
militares.
De la propia suerte
estaban allí el señor de la casa noble de Lacarra, que después de la memorable
batalla ostentó en su escudo nobiliario dos cuarteles con las cadenas ganadas
en Las Navas, y D. Pedro Martínez de Olleta, señor de Tafalla que había
gobernado el castillo de Artajona; y D. Iñigo Gomacin, Merino mayor de Tudela;
y el Conde Marcel de la Piscina; y el señor de Leiva, D. Juan Martínez de
Avalos; y el señor de Peralta, Rico-hombre del Reino, D. Rodrigo de Baztán, con
sus coterráneos D. Gimeno, D. Fortuño y D. Juan que ejercieron el mando de
otros castillos realengos y ganaron todos ellos para su escudo el honor de las
cadenas victoriosas y D. Iñigo de Mendoza, almirante de la Navarrería; y los
Leet D. Arnal y D. Pedro que gobernaron los castillos de Peralta y Artajona; y
D. Miguel de Lerat, alcaide de Sangüesa y San Adrián; y los Iñiguez Martín,
Ximeno y Diego, señores de Laguardia el primero y el tercero; con más D.
Mauleón de Cascante, señor de Rada y Artieda, que lució también las repetidas
cadenas en su nobiliario escudo de armas; y los Zúñigas D. Juan y D. Diego; y
el caballero de la Orden del Temple D. Pedro Jordán, señor de Murillo, como otros
varios cuyos nombres no ha podido retener mi fragil memoria.
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