Colombia, 22 de Mayo de 2013
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Adaptación del trabajo de Iñaki Bazán: «Herejía: Los herejes de Durango», Delincuencia y criminalidad en el País Vasco en la transición de la Edad Media a la Moderna. Departamento de Interior del Gobierno Vasco, Vitoria-Gasteiz, 1995, pp. 386-420.

LOS HEREJES DE DURANGO

HerejesEl brote herético que surgió en la primera mitad del siglo XV en el Duranguesado ha sido, y continúa siendo aún hoy en día, centro de atención de la historiografía. En buena medida a ello ha contribuido la ausencia de fuentes adecuadas y sobre todo la inexistencia de un tratado teórico o cuerpo doctrinal guía de estos herejes elaborado por sus dirigentes o seguidores que permitiera conocer sus proposiciones heréticas. Esto ha provocado la búsqueda de una filiación para los durangueses a partir de otros movimientos bien perfilados ideológicamente, y como consecuencia de ello, los herejes de Durango han sido identificados con prácticamente la totalidad de los movimientos heréticos medievales y con los que todavía no se habían manifestado de la época moderna.

CONTEXTO HISTORICO Y ANALISIS SOCIOLOGICO

En el momento de surgimiento de la herejía, el País Vasco se encontraba inmerso en la crisis bajomedieval, que en Vizcaya tuvo su punto álgido en la segunda mitad del siglo XIV y prolongaría sus efectos, sobre todo en el mundo rural, hasta 1475. Es el momento en que los parientes mayores reaccionan frente a la crisis: aumento de la presión sobre el campesinado, replantación de viejos usos, reseñorialización, depredación violenta, etc. Esta reacción sumió al País Vasco, y a Vizcaya en particular, en un clima de conflictividad social que se manifestó en tres niveles: enfrentamientos entre bandos, entre campesinado y parientes mayores, y entre el mundo urbano y el rural de los parientes mayores.

Es también ahora, entre finales del siglo XIV y principios del XV, cuando se redactó el fuero antiguo de la merindad de Durango, donde se encuentra legislado el principio de transmisión hereditaria por vía del mayorazgo. Esto suponía la exclusión de la herencia, o de su parte principal, a los segundones en beneficio del primogénito, obligando a aquéllos a buscarse la vida por otros caminos al margen de la propiedad rural familiar. El principal refugio para estos segundones del Duranguesado fue la naciente y pujante industria manufacturera, concretamente la pañera, de la Villa de Durango, que fue absorbiendo este excedente del campo. Otro refugio, teniendo en cuenta el clima de enfrentamiento social en que se vivía, fue el vagabundeo, el formar parte de esos grupos de “andariegos” de los que hablan los cuadernos de ordenanzas de hermandades, con el fin de obtener algún beneficio sirviendo a los parientes mayores en sus acciones depredadoras. Por su parte, las mujeres quedaban al descubierto, en mayor medida que los hombres, ante una situación de crisis y ante la institución del mayorazgo. Sus opciones se centraban en el matrimonio, en la reclusión monástica, o en el servicio doméstico. La dote era un requisito fundamental para alcanzar los dos primeras opciones, y los mayorazgos con rentas escasas a duras penas podían dotar a sus hijas, con lo cual se les cerraban las puertas de acceso al matrimonio o al estado religioso. La soluciones que articularon estas mujeres para salvar esta situación fueron el amancebamiento y el beaterio. Tampoco debemos olvidar la sangría de hombres que producía el contexto banderizo -basta repasar la crónica de López García de Salazar para darse cuenta de ello-, que privaba de hombres a las mujeres solteras y dejaba a otras muchas viudas.

Según J.Mª Miura la visión que la Baja Edad Media nos ha legado de las beatas se circunscribe a la siguiente definición: “mujer viuda, pobre, desamparada que, incapaz de salir de su situación de postración, se refugia en una vida religiosa menor, de segunda categoría: el beaterio o el emparedamiento”. Estas mujeres seguían las pautas de vida mendicante que se resumen en vida activa -ésta podía realizarse mediante la asistencia social o las actividades laborales- y contacto con el mundo. Si bien fueron las viudas uno de los componentes principales del movimiento, tampoco debemos desdeñar el número de solteras que formaron parte de él, y que incluso también hubo mujeres casadas. El fenómeno de las beatas tiene concomitancias con el de las beguinas, cuyos orígenes pueden situarse a finales del siglo XII, cuando se constituyeron los beguinajes destinados a albergar a las viudas de los caballeros que hubieran fallecido en las cruzadas. Se inspiraban en el “ideal franciscano de evangélica simplicidad de vida, de pobreza y caridad, conciliando la vida retirada y la secular con sus actividades caritativas”. Con el tiempo, este movimiento de beguinas fue haciéndose cada vez más proclive a la heterodoxia y a la radicalización, hasta terminar en la herejía. Un ejemplo paradigmático fue la beguina francesa Margarita Porete, que escribió la obra Espejo de simples almas, y propagó las ideas del Espíritu Libre entre los begardos y el pueblo. En 1310 una comisión de teólogos condenó las tesis del libro de Margarita, al igual que a ella misma a morir en la hoguera. En el concilio ecuménico de Vienne sur Rhône (1311-1312) se estudiaron los errores de los begardos, cuya fuente fue la obra de Margarita; y por la bula Ad nostrum se condenó la doctrina del Espíritu Libre y se indicó a los obispos que fueran vigilantes con la vida de los begardos y beguinas, procediendo contra ellos en caso de que sostuvieran proposiciones no ortodoxas. En definitiva, las beguinas y begardos contribuyeron a propagar el movimiento herético del Espíritu Libre.

Si hemos insistido en el fenómeno de las beatas, y de las beguinas en su papel propagandístico de la herejía del Espíritu Libre, se debe a dos cuestiones: por un lado, a la existencia en Durango de un beaterio de terciarias franciscanas, con el nombre de Santiago, fundado en 1439, unos años antes de la explosión de la herejía duranguesa, para lo cual fue solicitada licencia al papa Eugenio IV por parte de ciertas mujeres, entre las que se encontraban Milia de San Sebastián -primera abadesa del monasterio-, María Ocoa de Azcoeta, Teresa Ochoa de Azcoeta y María Pérez de Vizcaya, que pretendían abandonar la vida mundana, viviendo de su trabajo y de las limosnas que recibieran; y de otro, a la conexión comercial existente entre Vizcaya y el norte de Europa, donde se encontraba instalada la herejía del Espíritu Libre, a partir de su papel de intermediaria entre la lana castellana y los puertos de los Países Bajos, de la cuenca del Rhin, etc., lugares de los que pudieron provenir las proposiciones heréticas que florecieron en Durango.

Fray Justo Cuervo indicó a M. Menéndez Pelayo que la extracción social de los participantes en el movimiento de fray Alonso fueron “gente baja, jornaleros, labradores, industriales, etc.” Teniendo en cuenta el contexto socio-económico en que vivía Vizcaya en la primera mitad del siglo XV, es fácil entender cómo los segundones podían “resultar caldo de cultivo adecuado para predicaciones doctrinalmente poco sistemáticas pero insistentes en la supresión de la jerarquía, en la plenitud de los tiempos, con la llegada de un tiempo de gracia, en que cesaban las leyes, obligaciones, y solemnidades, y en la comunidad de bienes, incluyendo las mujeres”. Similares argumentos servirían para justificar la importante participación de las mujeres en el movimiento de Durango, máxime teniendo en cuenta que sus posibilidades de contraer matrimonio eran escasas. La presencia de labradores se justifica según algunos autores como un medio de huir de la creciente presión señorial surgida como consecuencia de la crisis, y de búsqueda de unos ideales “igualitarios” a través de la experiencia milenarista. Por último, no debemos olvidar, como sugiere E. Fernández de Pinedo, que en el siglo XV la industria siderúrgica adquirió gran fuerza, al igual que se consolidaría el “Verlagssystem”, provocando la oposición de los oficiales de las ferrerías, que pudieron unirse al movimiento como vía de protesta.

Dentro del clima ideológico debemos destacar la mala asimilación del cristianismo, la pervivencia de ritos paganos, la existencia de un clero inculto, etc., elementos todos ellos ya expuestos, que contribuyeron a facilitar la aceptación de los planteamientos heréticos de fray Alfonso de Mella.

LA FIGURA DE FRAY ALFONSO / ALONSO DE MELLA

Parece ser que nació en Zamora, aunque algunos autores le consideran oriundo del Duranguesado. Sus padres fueron Fernando Mella y Catalina Alfonso, que tuvieron otros dos hijos: el cardenal Juan de Mella, y Fernando, que fue obispo de Lidda (Palestina) y en ausencia de su hermano Juan regentó la diócesis de Zamora. Según la información del P. Aguirre y del P. Cuervo, Alfonso de Mella, siendo niño fue con su familia a Italia, al ser su padre encomendado por el rey de Castilla para ejercer allí ciertas funciones administrativas en las posesiones castellanas. Estos autores indican que ingresó en la orden franciscana “en la provincia de Santander”; ahora bien, según las indagaciones del también franciscano de Dario Cabanelas, este punto no se ha podido confirmar documentalmente hasta la fecha.

En 1434 Alfonso de Mella debió tener problemas con las proposiciones heréticas que sostenía, ya que tuvo que enfrentarse a un proceso criminal. Fue juzgado por una comisión de tres cardenales -el francés Juan de la Roche-Taillée, el español Juan de Casanova, y el italiano Ardicino de Pata Novarie, que le impuso la pena de permanecer recluido durante diez años en el convento de Santa María del Monte (Perusa). El papa Eugenio IV le absolvió de los cargos, rehabilitándole en su honor y fama anteriores al proceso; también le concedió licencia para trasladarse al convento de Santa María del Poyo de la diócesis de Coria, donde debía permanecer por espacio de nueve años dedicado a los ejercicios de la vida regular, y con la prohibición de confesar a religioso o a seglar durante un año, pasado el cual, estaría autorizado a realizarlo sólo con religiosos. La pregunta se impone, ¿cuáles fueron las peligrosas doctrinas que exponía desde el púlpito por las que fue juzgado? Sobre este punto ninguna luz puede aportarse; ahora bien, J. Aranzadi ha llegado a suponer que pudieran ser “posturas próximas a las de los fraticelli y Hermanos del Libre Espíritu que tanta difusión tuvieron allí [Italia] por entonces”.

No había pasado un año cuando fray Alfonso abandonó el convento de Santa María del Poyo sin que tuviera para ello la licencia pertinente de sus superiores y se presentó ante Eugenio IV, quien volvería a absolverle de las faltas realizadas. En el breve papal, fechado en Florencia el 1 de marzo de 1435, se le autorizaba a vivir en cualquier convento de la orden franciscana y a oir en confesión, pero se le prohibió predicar en público. Sin embargo, fray Alfonso pretendió anular la prohibición total recurriendo a la licencia del obispo franciscano fray Pedro Gracet. Sus predicaciones se circunscribirían al área florentina, ya que en esa ciudad estaba en  1435 “solicitando cierta gracia para un monasterio de Toledo”. Enterado el papa de que había contravenido su mandato, anuló la licencia dada por el obispo Gracet para poder predicar, según consta en el breve despachado en Florencia el 7 de febrero de 1436. Casi un año más tarde, el 5 de enero de 1437, fue expedido otro breve en Bolonia, por el cual Eugenio IV autorizaba a fray Alfonso y a fray Francisco del Castillo para ingresar en un monasterio de cartujos o benedictinos.

¿Que sucedió entre 1437 y 1442 cuando la crónica de Juan II indica que “se levantó en la villa de Durango una grande heregía”?. A falta de documentación directa sobre los sucesos, trataremos de reconstruir lo que pudo ser el desarrollo de la herejía, a través de las referencias a la tradición oral proporcionadas por los padres Aguirre y Cuervo, con todas las reservas debidas a este tipo de información, máxime cuando entre los hechos y su fijación por escrito median más de cuatro siglos.

Según estos autores, fray Alfonso se dirigió a Durango y se alojó, no en la casa que tenía allí su familia, sino en un pobre mesón cercano a la parroquia de San Pedro de Tavira, extramuros de la villa. Allí comenzó su labor de proselitismo, para lo que contó con la ayuda de fray Guillén. Entre los primeros miembros de la secta estarían algunas mujeres del beaterio terciario y miembros de su orden franciscana, como el mencionado fray Guillén; el P. Meseguer incluye además a fray Ángel, apoyándose para ello en el contenido de la Summa utilissima errorum, sobre la que trataremos más adelante, y J. Aranzadi supone que no sería improbable que también estuviera “su antiguo compañero de fatigas, fray Francisco del Castillo”.

Sus predicaciones tuvieron gran éxito, ya que en menos de cinco años consiguió levantar un movimiento herético de grandes dimensiones, como lo atestigua la crónica de Juan II, “se levantó en la Villa de Durango una grande heregía”, y el presbítero Fernando de Munqueta -uno de los represores de la herejía- en una carta enviada al papa: “una herejía tan grande en pocos días había crecido muchísimo”. Sin embargo, no siempre fueron aceptadas sus prédicas, como se puede constatar en un protocolo realizado en el convento de Burceña en 1460, cuyo contenido nos es transmitido por J.R. Iturriza: “en un día en que [fray Alfonso] se hallaba predicando en Durango sus obscenidades, don Francisco, cura de Herandio... le echó a puñadas desde el púlpito abajo el año 1440”.

Los miembros de la secta se reunían por las noches y la justicia pretendía evitarlo, aunque sin éxito, ya que burlaban “estas diligencias de aquélla por medio del telégrafo acústico de las trompas que, traídas de Santander, distribuyó entre sus adeptos, colocados en los ángulos de la calle”, según indica el P. Aguirre. Una vez que consiguió contar con un número elevado de seguidores, el heresiarca pretendió tomar por las armas el Duranguesado y proclamarse señor del mismo. Uno de sus prosélitos, horrorizado ante el baño de sangre que se iba a producir, delató tal conspiración a las autoridades. A partir de este momento, el P. Aguirre y el P. Cuervo introducen en el discurso de los hechos ciertos errores históricos, como la notificación que se realizó al tribunal de la Inquisición que residía en Logroño, ya que por aquellos años todavía no se había constituido; e igualmente ciertas exageraciones, como el ejército de 4000 hombres que formó la Inquisición para dirigirse a Durango. Según la crónica de Juan II, “el Rey embió dos alguaciles suyos con asaz gente”, que iniciaron la represión contra los integrantes del movimiento herético. Fray Alfonso, junto con algunos de sus seguidores, huyó a Granada como indica la crónica de Juan II, aunque el P. Aguirre afirmó que lo hizo a Sevilla. Según la mencionada obra Summa utilisima errorum, en un primer momento parece ser que fueron a Málaga y de ahí, al cabo de unos días, fray Guillén se dirigió a Sevilla, donde fue apresado y ejecutado. Desde Granada fray Alfonso escribió una carta al monarca castellano, único testimonio directo de los planteamientos ideológicos del hereje. Y en Granada moriría ajusticiado mediante el acañaveramiento, es decir, asaeteado con cañas.

FUENTES DOCUMENTALES SOBRE LOS HEREJES DE DURANGO

Debemos lamentar la pérdida del proceso judicial incoado a los herejes, fuente de inestimable valor que prácticamente permitiría conocer este movimiento en su real dimensión: extracción social, estado civil, procedencia geográfica, número de componentes, proposiciones heréticas, número de sentencias impuestas, etc. A comienzos del siglo XIX, las autoridades de Durango procedieron a la destrucción del proceso, al igual que de los padrones donde se hacía relación de los hechos y de los culpables. Estos documentos se encontraban en la iglesia de Santa María, y el motivo de su destrucción fue evitar las burlas y el escarnio de los comarcanos sobre los duranguesess cuyos antepasados herejes estaban incluidos en el padrón. La quema de los documentos tuvo lugar durante la guerra de la Independencia y se hizo de forma pública, aunque otros autores consideran que fueron destruidos en 1828.

Las fuentes que permiten analizar el movimiento de los herejes de Durango no son abundantes, y excluyendo por el momento la carta de Mella al rey de Castilla, ya que nos ocuparemos de ella en extenso más adelante, son las siguientes:

1) Los primeros datos conocidos son los tres Breves pontificios de los años 1435, 1436 y 1437, que nos permiten reconstruir, hasta cierto punto, la vida de Alfonso de Mella con anterioridad a su llegada a Durango.

2) La siguiente noticia corresponde al año 1442 y nos la proporciona la crónica de Juan II; en ella se nos indica quiénes fueron los religiosos comisionados por el monarca para investigar los hechos, cómo algunos de sus seguidores fueron quemados en Valladolid, y cómo fray Alfonso huyó a Granada, donde murió.

3) E.J. Labayru realizó un extracto de dos documentos del Archivo Municipal de Durango, cuya signatura es Leg. 6, nº 4, pertenecientes al 20 de agosto y al 2 de septiembre de 1444, y que en la actualidad se encuentran perdidos.

4) De 1449 es la instrucción del relator Fernando Díaz de Toledo realizada para el obispo de Cuenca, fray Lope de Barrientos, a favor de la nación hebrea.

5) El obispo de Cuenca, fray Lope de Barrientos, en 1449 recogería el mismo testimonio del relator Fernando Díaz en su Contra algunos zizañadores de la nación de los convertidos del pueblo de Israel.

6) De 1450 son las referencias sobre los de Durango recogidas por Fray Alonso de Cartagena, obispo de Burgos, en su Defensorium.


7) Fray Francisco de Soria y Juan Alonso Cherino fueron enviados a Durango por Juan II para realizar la investigación de los hechos, y por su parte, el obispo de Calahorra, envió al prior del monasterio jerónimo de la Morcuera, fray García de Entrena, que durante tres años persiguió a los herejes. En esta persecución colaboró Fernando de Munqueta, presbítero de Calahorra, quien escribió una carta al papa Nicolás V en 1453 para pedirle que le perdonara por el excesivo ardor con que había combatido a los herejes. Esta carta es uno de los documentos más importantes sobre el movimiento de Durango por dos razones: en primer lugar, porque en ella se recogen algunos de los errores que sostenían los seguidores de Mella; y en segundo lugar, porque está escrita por una persona que reprimió la herejía, luego es un testimonio de primera mano.


8) La siguiente referencia documental pertenece a la Cuarta crónica general o Traducción ampliada del Toledano, realizada en 1460.

9) En 1465 finaliza el jerónimo Alonso de Oropesa su obra Luz para conocimiento de gentiles, en la que incluye referencias a los de Durango.

10) La historia de los Reyes Católicos realizada por mosén Diego Valera. La historiografía ha concedido gran importancia al testimonio de Diego Valera por ser el hermano de Juan Alonso Cherino, que fue enviado, junto con Fray Francisco de Soria, por Juan II a Durango para realizar las primeras indagaciones sobre el movimiento herético; así, con toda probabilidad Juan Alonso pudo relatar a su hermano lo que descubrió en el curso de sus pesquisas en Durango.

11) Una de las informaciones más importantes, tras la carta de Fernando de Munqueta y la de Mella, es la Summa utilissima errorum et heresum per Christum et eius vicarios et per inquisitores heretice pravitatis in diversis mundi partibus dampnatarum. Se trata de un opúsculo de 48 hojas que debió ser impreso hacia 1500 ó 1501 en Sevilla. Existen dos ejemplares de esta Summa: en el prefacio de uno se dice que es un extracto del Directorium fidei y en el otro que lo es del Directorium inquisitorum de Nicolás Eymerich, inquisidor de Aragón que vivió en el siglo XIV. El abreviador de esta obra incluyó las proposiciones heréticas defendidas por fray Alfonso de Mella y los suyos, dentro de un apartado titulado Hereses et errores bigardonum minorum, precipue fratris Alfonsi de Mella, ordinis minorum, de civitate zamorensis oriundus.


12) En una especial de guía realizada hacia 1516 ó 1517 para Carlos I con objeto de que conociera al pueblo que iba a regir, se mencionan los errores de Mella y los suyos.


13) El bufón Francesillo de Zúñiga en sus Crónica satírica de Carlos V, realizada hacía 1528, alude a fray Alfonso de Mella al describir el miedo que pasaron ciertas damas de la comitiva de la reina de Portugal al vadear un río.

14) La referencia realizada por don Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia natural y general de las Indias; quien en 1504 estuvo en Tavira de Durango, pudiendo conocer por boca de los propios durangueses el movimiento de Mella y el brote brujeril de la peña de Amboto acaecido en 1500.

15) Jerónimo de Zurita en sus Anales de la Corona de Aragón, comenzados a publicarse en 1562, en el libro 20, capítulo 49, alude a los herejes de Durango, basándose para ello en las informaciones de Diego Valera, según expresa J. de Carriazo.

16) Esteban de Garibay y Zamalloa en su obra Los quarenta libros del compendio historial de las chronicas y universal historia de todo reynos de España, publicada en 1571, nos ofrece un testimonio más sobre los herejes de Durango. Ahora bien, debemos tener presente que Garibay nació en Mondragón, distante 20 km de Durango, que fue familiar del Santo Oficio de la Inquisición, y que para la elaboración de ciertas partes de sus quarenta libros se apoyó en la tradición oral, como queda demostrado magistralmente a la hora de indicar cómo se encontró la Virgen que dio pie a la fundación del monasterio de Aránzazu. Por todo ello, consideramos de gran importancia el testimonio de Garibay.


17) Otra referencia a los herejes se debe a Juan de Mariana en su obra De rebus Hispaniae de 1592.


18) Por último, nos queda por aludir a la tradición oral que sobre los herejes de Durango circulaba y que el P. Cirilo de Aguirre y Echaburu y el P. Justo Cuervo recogieron. Este último, por una carta de el 18 de abril de 1890, se la transmitió a M. Menéndez Pelayo; y el P. Aguirre lo hizo a su vez en 1901 a C. de Echegaray. Ahora bien, según C. de Echegaray, sería el P. Aguirre, presbítero durangués residente en Vergara, el que habría proporcionado al dominico P. Cuervo la información. Para esta afirmación, el cronista de las provincias vascongadas se basa en la circunstancia de que los dominicos tenían un colegio en el mismo edificio que ocupó el Real Seminario Patriótico y que el P. Cuervo residió allí algún tiempo, durante el cual pudo conocer al P. Aguirre.

LA CARTA DE MELLA AL REY DE CASTILLA

Darío Cabanelas localizó en el cód. Vat. lat. 2.923 una carta escrita por Alfonso de Mella y dirigida al rey de Castilla. Su encabezado, puesto por algún copista, fecha la carta en el reino de Granada en 1440 –in regnum Granate circa annos Domini 1440-. Ahora bien, esa datación no puede ser considerada como válida, ya que según la crónica de Juan II la represión del movimiento no comenzó hasta 1442, luego sería ilógico que el heresiarca hubiera huido a Granada dos años antes. Para Darío Cabanelas la fecha más probable de la carta es 1443. Sin embargo, J. Goñi Gaztambide considera que la fecha es 1454, y para realizar tal afirmación se apoya en un pasaje de la carta en el que se puede leer lo siguiente: “de doce años aca poco más o menos no a causa de las maldades ni a causa de otros delitos que yo hubiera cometido entre los cristianos con los cuales fui predicador”. Es decir, si la carta se dirige a Juan II doce años después de iniciada la represión, tenemos que habría sido escrita en 1454; ahora bien, en 1454 comenzó su reinado Enrique IV tras la muerte de su padre el 22 de julio del mencionado año, luego se nos plantea el interrogante de si la carta fue dirigida realmente a Juan II, ya que bien pudiera ser una misiva enviada al nuevo monarca con la intención de exponerle las proposiciones telógicas que defendía y por las que había sido condenado, buscando de este modo quitar hierro al problema suscitado por las mismas, puesto que si no, ¿qué objeto tenía esperar doce años para defenderse ante el monarca de las acusaciones que le eran imputadas?


La datación de la carta nos introduce en la discusión mantenida entre los distintos investigadores sobre cuándo se originó el movimiento herético. Autores como Labayru, Carriazo, Cabanelas o Avalle-Arce, retrotraen los inicios de la secta hasta el año 1424, y para ello se apoyan en el documento del Archivo Municipal de Durango y fechado el 20 de agosto de 1444, en el que se indica que se procediera judicialmente “contra todos aquellos que fuesen fallados de veinte anos a esta parte. Ahora bien, si como todas las fuentes parecen confirmar, el propagador de la herejía fue fray Alfonso de Mella, éste, hasta 1437, no pudo presentarse en Durango atendiendo a sus datos biográficos; por tanto, tenemos que difícilmente pudo originarse la herejía en 1424. La única posibilidad para aceptar el año de 1424 como válido, es entender que las predicaciones, por las que fue condenado Mella en 1434 por la comisión cardenalicia, no tuvieron lugar en Italia, sino en Durango, y entre los años 1425-1430. Sin embargo, si tenemos en cuenta que en la crónica de Juan II se dice que “en ese tiempo [1442] se levantó en la villa de Durango una grande herejía, y fué principiador de ella Fray Alonso de Mella”, la fecha de 1424 no puede ser tomada en consideración. Además, si aceptamos el hecho de que Mella llegara al Duranguesado entre 1437 y 1438, tenemos que, tras cinco o cuatro años, tiempo más que suficiente, sus prédicas habían cuajado entre los habitantes de la comarca y así, en 1442 los herejes eran ya un movimiento peligroso. Por tanto, somos de la opinión, junto con Goñi Gaztambide y Aranzadi, de que la secta no surgió en 1424; entonces ¿por qué el documento de agosto de 1444 indica que se persiga a todos los que fueran herejes desde hacía veinte años? Probablemente porque la base social ya estaba preparada por aquellas fechas para asumir las ideas de fray Alfonso, y también puede ser debido a un exceso de celo purgador por parte de las autoridades, al querer retrotraer la persecución quince años atrás de los cinco en que se había desarrollado.

Alfonso de Mella en su carta a Juan II o Enrique IV, en primer lugar explica las razones de su huida a Granada: 1ª “por predicar la verdad del santo Evangelio como es declarada por los santos doctores y decretos” fue perseguido, y como esta persecución no remitía, “pensé ceder a su ira y apartarme por algún tiempo como lo hizo Jesucristo y nos mandó que lo hiciéramos diciendo: “Si os perseguen en una ciudad huid a otra” (Mt. 10, 23); 2ª “porque plugo al altísimo Dios quien según lo que le place e inspira, declarar en mi corazón que su santa ley y los santos evangelios no han sido explicados hasta el día de hoy suficientemente por los doctores anteriores según la propia verdad que contienen, y sobre todo carecen de la necesaria nueva y espontánea declaración para la iluminación de aquellos que están en las tinieblas de la infidelidad y juzgan que ellos andan con la luz clarísima de la fe, y señor, por entre los cristianos no puede manifestar mi corazón como conviene a ella como se ha dicho arriba a causa de la incredulidad de aquéllos y a causa de la crueldad de las leyes rígidas injustísimas”. Entre estas dos razones existe una contradicción, ya que habla de seguir la doctrina de acuerdo con las enseñanzas declaradas por los santos doctores, pero, sin embargo, dice que la doctrina no está suficientemente explicada por éstos. Más adelante indicaremos cómo Alfonso de Mella resuelve esta aparente contradicción.

Continúa la carta solicitando al monarca que enviara a donde él se encontraba una comisión de “prudentes y honrados religiosos de la observancia de sus reglas celadores de su jefe y sabios en la ley los cuales sean suficientes para entender y examinar aquellas cosas que fueron propuestas por nosotros”. Señala igualmente las características de personalidad que deberían reunir los que fueran enviados a polemizar con él, y aclara que “no queremos antes de que seamos oídos por sabios cristianos mover otra novedad o escándalo contra lo que los dichos cristianos creen y siguen”. En este punto acepta que su mensaje era novedoso y que escandalizaba a los que tenían asentada su fe en proposiciones teológicas anteriores a las que él estaba revelando. Insistía al rey de Castilla en que aceptara su petición de defender sus ideas y le advierte que “no desprecie Vuestra Alteza nuestra insuficiencia y rusticidad pues poderoso es Dios para darnos boca y sabiduría a la cual no puedan resistir y contradecir nuestros adversarios cuya sabiduría es necia ante Dios (I Cor. 3, 19)”. Mella fundamenta estas palabras en dos argumentos: de un lado, el espíritu de Pentecostés (Hch. 2), gracias al cual los apóstoles adquirieron la sabiduría necesaria para realizar la misión de difundir la palabra de Dios, por lo que el monarca no debía menospreciar a Mella y a los suyos; y de otro, en la primera carta de San Pablo a los Corintios, en la que se puede leer que “Desde luego, tiene que haber entre vosotros también disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son de probada virtud entre vosotros”, por lo que el enfrentamiento dialéctico solicitado al monarca, era necesario para demostrar y probar que el fray Alfonso de Mella, estaba en lo cierto.


En la parte que sigue, Mella resuelve la contradicción inicial a la que habíamos aludido, a través de la doctrina de la revelación progresiva: “También debe recordar oh señor Vuestra Alteza que nuestro Señor Dios no hizo sus obras en un solo día cuyas obras hasta el presente no conocemos que son completas sino que en diversos tiempos hizo diversas obras progresando mediante sus santos siervos como manifiestamente aparece por las distinciones de los tiempos y de las obras más excelentes hechas maravillosamente en aquellos tiempos”. Justifica sus palabras indicando cómo la creación no tuvo lugar en un día, como con Noé liberó a los elegidos, con Abraham y la circuncisión señaló al pueblo elegido, con Moisés los salvó, con Josué lo introdujo en la tierra de promisión, etc. Por tanto, las grandes obras no fueron todas “hechas en un solo día ni en un solo año ni en un solo tiempo así pues el que tales y tan grandes cosas hizo en diferentes tiempos o cuando a El le placiera hacer obras semejantes o mayores y especialmente con el Espíritu de Jesucristo muestra claramente en los corazones y en las inteligencias de sus siervos en los tiempos presentes que la gracia ha sido repuesta y reservada en la final bendición y consolación de sus elegidos”. Si en el pasado Dios se habían manifestado a través de gentes humildes desde todos los puntos de vista, “de igual modo en el presente es poderoso para declarar por medio de sus siervos humildes, pobres de ciencia y de mundana filosofía, los profundos misterios de las diversas escrituras las cuales hasta ahora permanecen cerradas a aquellos que parece que son prudentes y sabios a sus ojos”. Así, pues, Dios “por medio de nosotros [da] el agua viva de la espiritual doctrina desde el cielo [Espíritu Santo] con el cual será renovada la faz de la tierra y vivan en el espíritu todos los que hasta este momento morían en la carne”. Por tanto, la progresiva revelación de la doctrina culmina en fray Alfonso y sus hermanos de secta, que transmiten y revelan por su boca el mensaje de Dios, al igual que en otros tiempos esa misión recayó en otros.


Fray Alfonso de Mella proclama el final de la Historia; las sucesivas etapas por las que debía pasar la Humanidad hasta alcanzar un estado de perfección, felicidad, armonía y libertad, habían finalizado, es decir, estaban en el final de los tiempos: “Todas las cosas que han sido dichas como todas las otras cosas que se contienen en las Sagradas Escrituras, les sucedía entonces a ellos en figura (I Cor. 10, 11) y fueron escritas para nuestra corrección que vivimos en el final de aquellos tiempos los cuales reinas pero no a partir de Dios, que quieren que su justicia no esté sometida a la justicia de Dios, cuyo fin es la muerte y la perdición, los cuales con sus cuerdas poco firmes piensan que pueden detener la verdad, Jesucristo, a fin de que no salga del sepulcro de la antigua escritura abierto por la nueva escritura, en el tercer día que es del Espíritu Santo, el cual nos declara todas las cosas que primeramente habíamos oído en proverbios y nos conduce del fuego de la servidumbre legal de los hombres a la perfecta libertad de la ley divina, porque como está escrito en los apóstoles: “Donde hay espíritu del Señor allí está la libertad” (II Cor. 3, 17)”. Estamos ante una ideología del progreso humano en tres etapas: la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo o Edad de la “perfecta libertad”. Se ha pasado de una escatología, según la cual el mundo no es eterno y tras él se produciría el Juicio Final e individual, donde los justos serían premiados con su vida eterna en el paraíso y donde la perfección y la felicidad llenarían a los que allí se encontraran, a una milenarismo donde la salvación es colectiva y la vida de perfección no tiene lugar en el mas allá, sino en la tierra. Esta visión de la Historia de fray Alfonso como si fuera un despliegue sucesivo de las tres personas de la Trinidad, entronca con el pensamiento del abad calabrés Joaquín da Fiore (1132-1202).


Finaliza la carta aludiendo a la fe sarracena, con ciertas alabanzas -quizás por eso algunos autores han considerado que Mella se convirtió al islamismo-, y solicitando de nuevo que tuviera lugar la confrontación de ideas entre él y sus seguidores con los “celadores de la santa ley de la fe”.

El pensamiento de Mella que se evidencia a través de su carta puede resumirse en dos ideas: 1ª se debe seguir revelando el contenido de las Sagradas Escrituras -progresiva revelación de la fe- y ellos habían sido elegidos por Dios para esta misión; y 2ª el discurso histórico de las tres edades, que se encuentra en línea con los planteamientos de Joaquín da Fiore, según la cual, la Edad del Espíritu Santo es la Edad de la perfecta libertad.

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