INTERPRETACIONES DADAS SOBRE LOS PLANTEAMIENTOS IDEOLOGICOS DE LOS HEREJES DE DURANGO
Los distintos autores que se han acercado a analizar a los herejes de
Durango no han llegado a las mismas conclusiones; en parte esto se debe
a que progresivamente han ido apareciendo nuevos testimonios y
documentos que han arrojado algo más de luz sobre este movimiento,
aunque también, debido a que los pocos documentos conocidos no son
suficientemente clarificadores para poder reconocer la doctrina
subyacente en el, a excepción hecha de la carta de Mella y la de
Munqueta.
Las primeras filiaciones surgen en el siglo XV y son
debidas al relator Díaz de Toledo y al obispo Lope de Barrientos, que
consideraron que estos herejes estaban próximos a los husitas y a los
movimientos heréticos de Bohemia. En esta misma línea, a comienzos del
siglo XVI continúa la Guía de Carlos I; sin embargo, a mediados de la
citada centuria, Garibay los consideró como fraticelos, opinión que
retomaría el P. Mariana. También en el siglo XV, Alonso de Cartagena
vio en los de Durango un brote de neopaganismo, quizás por ello
Fernández de Oviedo y la Guía de Carlos I, los relacionan con las
brujas de Amboto, lo cual no es extraño si tenemos en cuenta que la
brujería encubría la pervivencia de elementos paganos como el culto a
Mari y al Akerbeltz. A comienzos del siglo XVI la Summa calificaría a
los herejes de Durango como begardos.
M. Menéndez Pelayo
consideró que pudieron ser valdenses, al igual que Geddes en su
Martyrologium, fraticelos como el P. Mariana, e incluso una especie de
alumbrados. H. Charles Lea se encuentra en la línea de Garibay y el P.
Mariana al afirmar que pudieran ser probablemente fraticelos, al igual
que J.M. Pou y Martí, Justo Gárate, J. Caro Baroja, Beltrán de Heredia,
el P. Aguirre y el P. Cuervo. Para Ch. F. Fraker jr. y para el P.
Meseguer, los herejes de Durango tienen cierta afinidad con los
alumbrados. Carriazo y E. García Fernández, al igual que el relator
Díaz de Toledo, y el obispo Lope de Barrientos y la Guía de Carlos I,
considera que estaban próximos a los planteamientos de J. Hus y Wiclef,
y por ello, pensó en los de Durango como precursores de la reforma.
Carriazo también afirmó que su cuerpo teórico estaba constituido por la
teoría de la libre interpretación de la Biblia, al igual que Darío
Cabanelas. Otros autores como E. Asensio, P. Sáinz Rodríguez, J.B.
Avalle-Arce y J. Aranzadi, consideran que estaban dentro de la órbita
del Joaquinismo. Los dos últimos autores también observan una filiación
con la herejía del Libre Espíritu. Para J. Goñi Gaztambide es “una
herejía sui generis, resultante de la amalgama de elementos tomados de
diversas sectas: fratricellos, Libre Espíritu, joaquinismo, etc.”
Como hemos podido comprobar, los herejes de Durango han sido
considerados, según los diversos autores, como fraticelos, valdenses,
alumbrados, husitas, precursores de la Reforma, neopaganos,
joaquinistas y del Libre Espíritu. A tenor de los datos poco concretos
que disponemos sobre los herejes, quizás sería más adecuado defender la
postura de Goñi Gaztambide, la de una herejía sui generis, ya que como
indica E. García Fernández, es muy arriesgado, en virtud de las escasas
informaciones, resolver el problema de la filiación. No obstante,
consideramos que podemos entroncar, con todos los riesgos y reservas,
con los posibles parentescos de esta herejía; para ello, recordaremos
en qué errores incurrieron los de Durango:
-Documento de agosto de 1444: eran blasfemos.
-Alonso de Cartagena: negaban la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento, y y se negaban a adorar la Cruz.
-Fernando
de Munqueta: opinaban que “nada hay en el mundo que se debe y se
debiera al Romano Pontífice o Papa y que ha llegado el tiempo de gracia
en el que todas las leyes y todos los derechos y solemnidades habían
cesado y que todas las cosas serían comunes”, y “cada uno juzgaba que
él era libre para cometer cualquier mala acción”.
-Alfonso de Mella:
revelación progresiva de las Sagradas Escrituras y teoría de la
Historia en un despliegue sucesivo de las tres personas de la Trinidad.
-Cuarta crónica: frailes franciscanos predicaban “contra el santo
matrimonio, la mayor parte de las mujeres de aquella tierra dexaron a
sus maridos, e las moças a sus padres e madres, e se fueron con los
dichos frailes y con mucha compaña de omes (…) e facian adulterio e
fornicaban los omes e los frailes con ellas e con las que querian
publicamente, diciendo: aleluya y caridat”, y se llamaban los “unos
Sant Pedro e a los otros Sant Pablo, e nombres de otros santos e
santas”.
-Alonso de Oropesa: “dicen que tiene que seguir a la
Iglesia un cierto estado más perfecto que debe ser atribuido al
Espíritu Santo” y “también dicen que las mujeres deben por caridad ser
comunes para todos por la lujuria”.
-Diego Valera: “creyeron no
auer otra cosa que nasçer e morir; algunos que creyeron entender la
Sagrada Escriptura en otra manera de como la entendieron los santos
doctores de la Yglesia”.
-Summa utilissima errorum: 1er error, el
hombre se volvería totalmente impecable y no tendría sentido avanzar
más en gracia; 2º error, que alcanzado este grado de perfección no
conviene al hombre ayunar ni orar, ya que entonces la sensualidad está
perfectamente sometida al espíritu y a la razón, y por tanto, el hombre
puede conceder al cuerpo lo que desee; 3er error, que alcanzado este
grado de perfección en el espíritu de libertad, no están sujetos a
humana obediencia ni a cumplir los preceptos de la Iglesia, ya que
donde hay Espíritu del Señor, allí hay libertad; 4º error, que el
hombre en la vida presente puede alcanzar la beatitud final según el
grado de perfección; 5º error, que la naturaleza intelectual es por sí
misma beata y por ello el alma no necesita de la luz de la gloria para
alcanzar la visión de Dios; 6º error, que el ejercitarse en actos de
virtud sólo es propio de hombres imperfectos; 7º error, que practicar
el acto carnal cuando a ello incline la naturaleza no es pecado; 8º
error, que en la elevación del cuerpo de Cristo los hombres no deben
ponerse en pie ni mostrar reverencia, ya que sería para ellos gran
imperfección; 9º error, que en el tiempo del Espíritu Santo había sido
ampliada la caridad hasta tal punto, que lo que en otros momentos fue
considerado pecado, como el estupro o el adulterio, ya no lo era, con
tal que se hiciera carnalmente mezclándolo con la caridad; 10º error,
que las mujeres no pecaban si se unían carnalmente con los que admitían
estos errores, si actuaban por caridad; 11º error, que el hombre
espiritual era hijo natural de Dios y al final de los tiempos vendría a
juzgar al mundo.
-Guía de Carlos I: “eregia a que llamaron la
caridad de los de Anboto los cuales entre otras opiniones dezian quel
mandamiento de cresced e multiplicad se avia de guardar en general e
que pidiendo un onbre a una mujer por caridad que le avia de dar
cualquier cosa”.
-Francesillo de Zúñiga: “la orden de la caridad que dejo instituida Fray Alonso de Mella en Durango”.
-Esteban
de Garibay: “auia caydo en las heregias y viciosos errores de los
Fraticellos” e “incitando a las gentes a las torpezas de la carne,
induciéndolos, a que las mujeres fuesen comunes”.
-P. Aguirre y P. Cuervo: “comunidad de bienes y de mujeres” y “conveniencia de dar un golpe de Estado, por hecho de armas”.
Las
informaciones más veraces sola carta de Alfonso de Mella al rey de
Castilla, la de Fernando de Munqueta al papa Nicolás V y la Summa
utilissima errorum; en ellas observamos cómo se describe la llegada de
la tercera edad o Edad del Espíritu Santo, al igual que lo indica
Alonso de Oropesa. En esa edad se alcanzaría la libertad y la
perfección, y por tanto, los hombres se harían impecables; se llegaría
al tiempo de la gracia, donde las leyes, derechos y solemnidades
carecerían de valor, y todas las cosas serían comunes. De estas ideas
se deduce una clara relación con la teoría de Joaquín da Fiore y con un
anhelado milenarismo, con la instauración del reino de Dios en la
tierra, donde existiría una comunidad de bienes, al igual que de
mujeres (Munqueta, Garibay, Aguirre, Cuervo, Cuarta Crónica, Alonso de
Oropesa), y donde los hombres no estarían sujetos a ninguna obediencia
humana, por lo que el Papa y la Iglesia carecerían de ascendente sobre
ellos (Summa, Munqueta, Mella).
Las referencias a la caridad
(Cuarta Crónica, Guía de Carlos I, Francesillo de Zúñiga, Summa,
Oropesa) podían estar relacionadas con la pertenencia de los
propagadores de la herejía a las órdenes mendicantes, y además, a que
la subsistencia de los miembros del grupo herético debía estar
condicionada a las limosnas que recibieran. Sin embargo, atendiendo a
las referencias de la Cuarta Crónica, Oropesa, Summa y Guía de Carlos
I, tenemos que toda referencia a la caridad hace alusión al trato
carnal entre hombres y mujeres. Es decir, las mujeres, como muy bien
afirman Oropesa y la Summa (errores 9º y 10º), si por caridad se
entregaban a los placeres de la carne con los miembros de la secta, no
incurrían en pecado, ya que en el tiempo del Espíritu Santo, como se
indica en el 9º error de la Summa, había sido ampliada la caridad hasta
tal punto, que los placeres carnales que en otro momento fueron
considerados pecado, ya no lo eran.
El golpe de Estado al que
se refieren el P. Aguirre y el P. Cuervo, podría aludir a una ayuda a
la Providencia divina, como indica J. Aranzadi, para la instauración
del Paraíso en la tierra. La afirmación de Diego de Valera de que no
creían que nada había sino “nasçer e morir”, llevada a su extremo,
podía estar refiriendo una negación de la teoría escatológica y una
afirmación de la milenarista, noción que vendría potenciada a partir de
los planteamientos de la filosofía escéptica y averroista, que había
arraigado en ciertos sectores judíos, y para la cual la frase “nacer y
morir” resaltaba la importancia de la vida terrena frente a la del más
allá.
La herejía de Durango tiene grandes concomitancias con
la milenarista del Libre Espíritu. Esta herejía fue una forma aberrante
de misticismo que surgió con gran fuerza a partir del siglo XI. Se
trataba de un panteísmo místico dentro de la tradición neoplatónica.
Los adeptos creían haber alcanzado un grado de perfección absoluta en
el cual era imposible pecar. La Summa nos informa cómo los seguidores
de Mella habían alcanzado ese grado de perfección, e incluso la Cuarta
Crónica podría aludir a ello al indicar que estos herejes se
denominaban “unos Sant Pedro e a los otros Sant Pablo, e nombres de
otros santos e santas”, ya que los santos disponen de una aureola de
perfección. Quizás por ello, los herejes decían expresiones
consideradas como blasfemas (documento de agosto de 1444) y se negaban
a adorar a la Cruz (Alonso de Cartagena) y el Santísimo Sacramento
(Summa). El abad del monasterio de San Víctor de París, reprochaba a
los “espirituales” su promiscuidad sexual exagerada, practicando el
adulterio, el concubinato, la violación y otros actos, y a través de
los cuales buscaban dar placer al cuerpo, y engañaban al pueblo al
decirles que por aquellos pecados no serían castigados. Si de algo
fueron acusados los de Durango, con mayor insistencia que sobre otras
cuestiones, fue de incurrir en “las torpezas de la carne” (Garibay,
Guía de Carlos I, P. Aguirre, P. Cuervo, Oropesa, Summa, Cuarta
crónica). Atendiendo a sus postulados, una vez alcanzada la perfección,
la concupiscencia no era pecado, ya que como se indica en el 2º error
recogido por la Summa, la sensualidad se encuentra perfectamente
sometida al espíritu y a la razón, y por tanto, el hombre puede
conceder al cuerpo todo lo que desee; y en el 7º error se argumenta que
practicar el acto carnal cuando a ello inclinara la naturaleza, no era
pecado. Respecto de los posibles engaños con que los herejes incitaban,
fundamentalmente a las mujeres, a practicar actos carnales, estaba la
ya mencionada relación existente entre la Edad del Espíritu
Santo-libertad-ampliación de la caridad-sensualidad.
Los
adeptos al Libre Espíritu contaban con una interpretación de la
Historia con sorprendentes semejanzas con la de Joaquín da Fiore.
Concebían la Historia en tres etapas que correspondían con las tres
personas de la Trinidad; ahora bien, a diferencia de Da Fiore, creían
que cada época tenía una encarnación propia y diferente, y ellos
estaban en la época del Espíritu Santo, que llegaría hasta el final de
los tiempos y en la que se produciría la encarnación del Espíritu. Los
“espirituales” eran los primeros hombres en los que esta encarnación
había tenido lugar, de ahí su nombre. Para los “espirituales”, la
transición de una edad a otra estaba precedida por catástrofes, como
hambres, guerras, etc., y no debemos olvidar que Vizcaya, en los años
en que surgió el movimiento herético de Durango, sufría con dureza los
efectos de la crisis bajomedieval; por tanto, los de Durango podían
pensar que efectivamente se encontraban ante el inicio de una nueva
Edad. Los del Libre Espíritu no consideraban que ellos fueron los
únicos dioses vivientes, sino que eran los guías que conducirían a toda
la Humanidad hacia la perfección que ellos ya habían alcanzado. El
Espíritu Santo, a través de estos “espirituales”, hablaría a todo el
mundo -recordemos en este punto la alusión de Mella a Pentecostés-, y
al final la encarnación se iría generalizando hasta convertirse en
universal. En la carta de Mella, al igual que en la de Munqueta,
encontramos ciertas similitudes con el planteamiento ideológico del
Libre Espíritu: una Historia desplegada en tres edades; una progresiva
revelación de las Sagradas Escrituras, que ahora se realizaba a través
de ellos, para llevar la verdad a todos los hombres de manera que
lograran alcanzar el grado de perfección que suponía ser “espiritual”,
por ello, diría Mella que Dios “por medio de nosotros [da] el agua viva
de la espiritual doctrina desde el cielo [Espíritu Santo] con el cual
será renovada la faz de la tierra y vivan en el espíritu todos los que
hasta este momento morían en la carne”; y la consideración de que se
hallaban al final de los tiempos, Edad del Espíritu Santo, en los que
los hombres alcanzarían la perfecta libertad.
CONCLUSION
Es el momento de realizar una valoración final de lo que fue y
significó numérica y geográficamente el movimiento herético de Durango,
así como de conocer su extensión en el tiempo.Fernando de
Munqueta constató que la secta había tenido un rápido crecimiento, cuyo
contingente humano no fue menor a “los que se levantaron en Praga, y en
aquellas partes de Bohemia” según indica el relator Fernando Díaz de
Toledo, y el P. Cuervo se atreve a cifrarlo en 500 personas. La
importancia numérica del movimiento puede ser constatada a partir del
número de efectivos enviados a reprimirlo y de la cuantía de los que
murieron víctimas de la represión. El P. Aguirre, con objeto de
magnificar la importancia de la secta, daba el dato, a todas luces
exagerado, de 4.000 hombres enviados por la Inquisición. La crónica de
Juan II, por su parte, nos informa que fueron a Durango dos alguaciles
con “asaz gente”; aunque no es muy preciso el dato, nos permite
hacernos una idea del importante número de seguidores de Mella. La
Cuarta crónica nos informa que “fueron muertos e quemados más de ciento
omes e mugeres e moças”. Estas cifras de la represión pueden ser
aceptadas como verosímiles, ya que Fernando de Munqueta por su propia
mano, como él mismo reconoce, entregó a más de 70 personas para que
fueran ajusticiadas. Por su parte, el P. Aguirre y el P. Cuervo indican
que un domingo a las doce de la mañana, tras la misa mayor, en la plaza
de Santa María de Durango, fueron quemadas 13 personas. No debemos
olvidar, que no todos los seguidores de Mella fueron sentenciados a
muerte, ya que la mayoría de ellos abjuraron de la herejía o “se avian
ausentado muchos temiendo la justicia por sus malas obras por consejo e
favor de algunos de la dicha villa e su tierra en especial Pedro
Domingo de Ibarra Pio de Ibarra e su muger Maria de e vecinos de la
dicha villa e Juan de Baseta moradores en Mañaria e otros que al
presente no se acordaba” (documento de 2 de septiembre de 1444), entre
los que estaban fray Alfonso, fray Guillén y los demás seguidores con
los que se refugiaron en Granada.Con objeto de dar una idea más
aproximada de las dimensiones reales de la secta, Avalle-Arce utiliza
como marco de referencia, atinadamente según J. Aranzadi, el censo de
población de 1950 y de Durango. En este censo, Durango contaba con
9.683 habitantes, y si se tiene en cuenta “la escasa demografía
medieval la secta tiene que haber representado dimensiones pavorosas”.
Para apoyar estas afirmaciones, J. Aranzadi añade el dato proporcionado
por E. Fernández de Pinedo de que en 1514, las “veinte villas y una
ciudad de Vizcaya tenían 5.563 vecinos”. Estamos de acuerdo con que el
movimiento fue numéricamente muy grande, más de cien ajusticiados,
muchos más los que renegaron y abjuraron de sus proposiciones
heréticas, y los que consiguieron escapar a la acción de la justicia;
lo cual nos podría situar ante un contingente humano cercano a esas 500
personas a las que aludía el P. Cuervo, es decir, un movimiento popular
nada despreciable para la Baja Edad Media vizcaína. Ahora bien, no
estamos de acuerdo con las escalas comparativas utilizadas por
Avalle-Arce y J. Aranzadi, y ello, fundamentalmente, por relacionar el
número de miembros de la secta con la población de Durango y con la de
las villas. Según las distintas informaciones, la herejía no afectó
exclusivamente a la villa de Durango, sino que se extendió también por
la tierra llana del Duranguesado, como Mañaria, Izurza, Abaiano y
Bérriz (documento del 2 de septiembre de 1444 y el P. Cuervo), por
otras merindades, como Zornoza (Labayru), e incluso afectó al valle
alavés de Aramayona (Labayru). Por tanto, el censo de 1514 sólo refleja
el peso demográfico del mundo urbano de Vizcaya, esto es, 5.563
vecinos, pero ignora el del mundo rural, y según el censo de Tomás
González, tenemos que la Tierra Llana de Vizcaya contaba con 5.447
vecinos, a los que debemos añadir los 736 del Duranguesado y los 2.025
de las Encartaciones. Es decir, hacia 1500 Vizcaya contaba con unos
65.000 habitantes.Con seguridad no podemos saber cuánto
tiempo perduró la secta más allá de 1442. Dos años después de iniciada
la represión, el 13 de mayo de 1444, el bachiller en decretos y
arcipreste de Busturia, Juan Pérez de Lariz, fue acusado por el
presbítero vizcaíno de la diócesis de Calahorra, Iñigo Pérez de
Irrazabal, de favorecer a los seguidores de Mella que habían sido
condenados públicamente, de compartir sus ideas, y lo que era peor, de
propagarlas, ocasionando con ello grandes escándalos entre los
cristianos de aquella zona. Esta información nos sitúa a los herejes
huidos de la represión, bien en la merindad de Busturia o bien en la
localidad costera de Busturia, situada entre Guernica y Bermeo. En
agosto y septiembre de 1444, el teniente de prestamero del
Duranguesado, junto con las autoridades de la villa de Durango, seguían
actuando contra los herejes. En 1453 Fernando de Munqueta mencionaba un
reverdecimiento de la herejía y aconsejaba al Papa que nombrara jueces
a los abades de la Morcuera y la Estrella para acabar con ella. En 1454
Mella escribió su carta al rey de Castilla explicando cuáles eran las
intenciones de su movimiento.Hacia 1460, si damos por válidas
las referencias de Iturriza, fray Guillén de Albora junto con otros
franciscanos continuaba con sus predicaciones en Durango y con mucho
éxito, ya que los beneficiados de Lequeitio debían ir a la villa a
anular los efectos de sus prédicas. En cierta ocasión, estos
beneficiados consiguieron detener a fray Guillén en un lugar del
arciprestazgo de Guernica (merindad de Busturia), y cuando lo conducían
preso para enviarlo al obispo, “muchos legos en defensa de los falsos
predicadores” lo impidieron. Esta información de Iturriza tiene el
problema de la cronología: ¿en 1460 fray Guillén seguía en Vizcaya
difundiendo la ideología de la secta?, es decir, dieciocho años más
tarde de iniciada la persecución de los herejes y huida de Mella con
muchos de sus seguidores a Granada, ¿fray Guillén continuaba en
Vizcaya? Según la Summa, fray Guillén se fue con Mella a Málaga, y unos
días después a Sevilla, donde fue ajusticiado por orden del obispo fray
Juan de Morales. Cómo casar la información de Iturriza con la de la
Summa o viceversa. La única posibilidad que consideramos como válida es
que la fecha de 1460 sea un error y se aluda a acontecimientos que
tuvieron lugar veinte años antes, ya que parece improbable que fray
Guillén, uno de los cabecillas del movimiento, permaneciera en Vizcaya
tras la represión tan dura a la que fue sometido; a no ser, lo cual es
bastante improbable, que hubiera vuelto ahora para hacer reverdecer la
herejía, como dice Munqueta que ocurrió hacia 1453, y tras las
persecuciones de los beneficiados de Lequeitio huyera de nuevo a
Sevilla donde fue quemado. En la provisión real de 1466 dada
por Enrique IV a la provincia de Guipúzcoa se autorizaba a los alcaldes
de hermandad a perseguir a las brujas, incluyéndose también a los de la
“seta de Fr. Alonso de Mella”. Por ello, Diego Valera indicaría que
“duraron aquellos errores en el tiempo del rey don Enrique [IV]” y que
“au fasta oy [el cronista murió en 1486] se cree que en algunos dura la
eregia de Durango”. En 1486, en Tavira de Durango, fue injuriado Juan
López de Zumáraga por Sancho Pérez de Ibarrondo al llamarle hereje de
la secta de Fray Alonso de Zamora. Juan López inmediatamente denunció
la acción ante el tribunal de Chancillería, donde expuso “que le
ynjuriara muy atroz e gravemente seyendo commo diz que syenpre fuera e
hera muy bueno e catolico christiano avnque en otras cosas commo quien
quiera pecar a Dios nuestro Sennor muy firme e non dudoso en su santa
fee catolica e por tal avido e tenido e rreputado e conosçido en toda
la dicha villa de Durango e sus comarcas la qual ynjuria atroz e grabe
luego que a su notiçia biniera diz que la rrebocara en su coraçon por
ynjuria”. Como se puede comprobar los ánimos seguían crispados, las
sospechas estaban a la orden del día y la necesidad de demostrar la
práctica de una religiosidad normal dentro de la ortodoxia marcada por
Roma, se imponía para evitar denuncias que pusieran en entredicho, más
que nunca, la buena fama y linaje de un individuo y su familia. Este
ejemplo de injuria sitúa en un primer plano, tras la represión de los
herejes, la necesidad de mantener la fama familiar libre de toda mancha
y sospecha de ser o haber tenido un pariente hereje -recordemos los
padrones de los herejes que fueron quemados en el siglo XIX por el daño
que ocasionaba a los descendientes de ellos-, no sólo por el
desprestigio social y marginación que podía acarrear, sino también,
porque según las pragmáticas reales, los hijos y nietos, descendientes
de los condenados por delito de herejía quedaban excluidos de la
posibilidad de ocupar cargos públicos. Sabemos por un
documento fechado el 1 de abril de 1488 que el alcalde de Tavira de
Durango, Juan Ruiz de Medina, habían renegado de la fe; ahora bien,
debemos suponer que se aludía a una blasfemia o reniego, no a que
hubiera incurrido en el delito de herejía. Sin embargo, en Durango
debía existir una sensibilidad especial respecto a la blasfemia, ya
que, como ya hemos indicado, en el documento de agosto de 1444
realizado a instancias de las diligencias judiciales incoadas por el
teniente de prestamero y las autoridades de la villa, una de las
cuestiones que se atribuía a los herejes era la de blasfemar. El 29 de
marzo de 1489 fue comisionado el corregidor de Vizcaya, el licenciado
Diego de Astudillo, para que investigara a Francisco de Artieta,
preboste de Durango, ya que se sospechaba que había llevado en su nave
a un hereje con todos sus bienes hasta Génova. Este dato nos da una
idea de la diseminación alcanzada por los seguidores de Mella: zona
costera de Vizcaya (merindad de Busturia), Guipúzcoa (texto de 1466 de
Enrique IV), Andalucía y Génova. El 28 de mayo de 1496 se hizo merced a
Pedro Ibarra, repostero de camas, de unas casas y un manzanal situados
en Durango, que habían pertenecido a María Pérez de Gujencia, condenada
por el hereje. El brote brujeríl surgido en el Amboto en 1500, fue
puesto por unos autores, como Fernández de Oviedo y el redactor de la
Guía de Carlos I, en relación con los seguidores de Mella. E. J.
Labayru, en el registro 10 de las Antigüedades de Vizcaya de J.R.
Iturriza, encuentra un listado de las personas que fueron penitenciadas
(17) y reconciliadas (6) en Durango en 1500, y que contiene un añadido
del copista en el que se indica que fueron herejes luteranos, error
ostensible, puesto que todavía no había surgido ese movimiento. Las personas relajadas fueron Domeja de Aguirre, Juan Miguel de
Cestona, Juan Pérez de Andiregui y su hija María de Andiregui, Sancho
Martínez de Unamuno y Teresa de Zumelaga, mujer de Martín de Zumelaga;
todos ellos vecinos de Durango, excepto Teresa, que lo era del Valle de
Arrázola. En total 23 personas fueron llevadas ante la justicia, de las
cuales, 17 fueron condenadas y 6 no. Entre estos acusados de herejes,
había sólo 4 hombres; 10 mujeres estaban casadas, una soltera -Marina
de Minica-, y del resto no se nos indica su estado civil, aunque de
alguna de ellas se menciona que es “hija de”, lo cual sería indicativo
de que eran solteras. De los cinco oficios que se nos mencionan, tres
están directamente relacionados con la manufactura textil, de gran peso
en Durango. Otros datos referentes a estas personas, como son su
participación en los repartos fiscales, la cuantía de sus bienes,
parentescos, etc., pueden ser obtenidos a partir de la documentación
municipal de la villa; así, por ejemplo, es de reseñar la extracción
social baja de una parte de los miembros del movimiento herético, como
Teresa de Aguirre, Marina de Arriaga, Marina de Mondragón o Juan de
Unamuno y su mujer, que según los padrones de repartos fiscales
contribuían con 6, 6, 12 y 15 mrs. respectivamente. Estas
personas penitenciadas y relajadas ¿tenían algún tipo de relación con
el foco brujeril del Amboto de 1500? Según Fernández de Oviedo sí, ya
que nos habla de “esos brujos e brujas, e aun esos otros herejes de la
peña de Amboto e sus secaces de la condenada secta de Fray Alonso de
Mella”; al igual que la Guía de Carlos I. En este sentido no debemos
olvidar que la gran mayoría de los acusados fueron mujeres, y que
tradicionalmente ha estado en manos de éstas la preparación de
brebajes, pócimas y venenos. Ahora bien, nos queda la duda de si
realmente las brujas del Amboto y los herejes condenados en 1500,
fueron miembros del mismo movimiento. El hecho de que no pocos herejes
fueran condenados tras su muerte –“relaxada en estatua y exumados sus
huesos”-, nos lleva a pensar que las proposiciones heréticas que les
llevaron ante la justicia se habían manifestado con anterioridad a
1500, ya que es ilógico que 7 personas de las 23, estuvieran muertas en
el momento de proceder contra ellas. No obstante, lo que sí queda claro
es que la vivencia religiosa de los habitantes del Duranguesado de
principios del siglo XVI se encontraba contaminada por pervivencias de
creencias paganas y planteamientos que en su día fueron defendidos por
Mella y los suyos. No debemos olvidar que en el ámbito rural pudieron
mantenerse estas ideas con mayor fuerza debido a que los cambios en la
mentalidad se producen con mayor lentitud, y a la ausencia de un
control efectivo por parte de las autoridades, tanto civiles como
eclesiásticas. Respecto de estas últimas recordemos la prohibición de
que el obispo entrara en el Señorío. Por todo ello, es fácil comprender
que algunos retazos de la ideología que había servido de soporte al
movimiento de Durango, pasaran a ser lugar común de la experiencia
religiosa de los habitantes del Duranguesado y pervivieran en el
tiempo; así, por ejemplo, según J.A. Zamacola, el fenómeno continuó
hasta 1559, cuando nuevamente intervino la Inquisición.
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