Colombia, 25 de Mayo de 2013
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Don Jose Maria Arango Carvajal y Cordoba Don Jose Maria Arango Carvajal y Cordoba

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INTERPRETACIONES DADAS SOBRE LOS PLANTEAMIENTOS IDEOLOGICOS DE LOS HEREJES DE DURANGO

Los distintos autores que se han acercado a analizar a los herejes de Durango no han llegado a las mismas conclusiones; en parte esto se debe a que progresivamente han ido apareciendo nuevos testimonios y documentos que han arrojado algo más de luz sobre este movimiento, aunque también, debido a que los pocos documentos conocidos no son suficientemente clarificadores para poder reconocer la doctrina subyacente en el, a excepción hecha de la carta de Mella y la de Munqueta.

Las primeras filiaciones surgen en el siglo XV y son debidas al relator Díaz de Toledo y al obispo Lope de Barrientos, que consideraron que estos herejes estaban próximos a los husitas y a los movimientos heréticos de Bohemia. En esta misma línea, a comienzos del siglo XVI continúa la Guía de Carlos I; sin embargo, a mediados de la citada centuria, Garibay los consideró como fraticelos, opinión que retomaría el P. Mariana. También en el siglo XV, Alonso de Cartagena vio en los de Durango un brote de neopaganismo, quizás por ello Fernández de Oviedo y la Guía de Carlos I, los relacionan con las brujas de Amboto, lo cual no es extraño si tenemos en cuenta que la brujería encubría la pervivencia de elementos paganos como el culto a Mari y al Akerbeltz. A comienzos del siglo XVI la Summa calificaría a los herejes de Durango como begardos.

M. Menéndez Pelayo consideró que pudieron ser valdenses, al igual que Geddes en su Martyrologium, fraticelos como el P. Mariana, e incluso una especie de alumbrados. H. Charles Lea se encuentra en la línea de Garibay y el P. Mariana al afirmar que pudieran ser probablemente fraticelos, al igual que J.M. Pou y Martí, Justo Gárate, J. Caro Baroja, Beltrán de Heredia, el P. Aguirre y el P. Cuervo. Para Ch. F. Fraker jr. y para el P. Meseguer, los herejes de Durango tienen cierta afinidad con los alumbrados. Carriazo y E. García Fernández, al igual que el relator Díaz de Toledo, y el obispo Lope de Barrientos y la Guía de Carlos I, considera que estaban próximos a los planteamientos de J. Hus y Wiclef, y por ello, pensó en los de Durango como precursores de la reforma. Carriazo también afirmó que su cuerpo teórico estaba constituido por la teoría de la libre interpretación de la Biblia, al igual que Darío Cabanelas. Otros autores como E. Asensio, P. Sáinz Rodríguez, J.B. Avalle-Arce y J. Aranzadi, consideran que estaban dentro de la órbita del Joaquinismo. Los dos últimos autores también observan una filiación con la herejía del Libre Espíritu. Para J. Goñi Gaztambide es “una herejía sui generis, resultante de la amalgama de elementos tomados de diversas sectas: fratricellos, Libre Espíritu, joaquinismo, etc.”

Como hemos podido comprobar, los herejes de Durango han sido considerados, según los diversos autores, como fraticelos, valdenses, alumbrados, husitas, precursores de la Reforma, neopaganos, joaquinistas y del Libre Espíritu. A tenor de los datos poco concretos que disponemos sobre los herejes, quizás sería más adecuado defender la postura de Goñi Gaztambide, la de una herejía sui generis, ya que como indica E. García Fernández, es muy arriesgado, en virtud de las escasas informaciones, resolver el problema de la filiación. No obstante, consideramos que podemos entroncar, con todos los riesgos y reservas, con los posibles parentescos de esta herejía; para ello, recordaremos en qué errores incurrieron los de Durango:

-Documento de agosto de 1444: eran blasfemos.

-Alonso de Cartagena: negaban la presencia de Cristo en el Santísimo Sacramento, y y se negaban a adorar la Cruz.

-Fernando de Munqueta: opinaban que “nada hay en el mundo que se debe y se debiera al Romano Pontífice o Papa y que ha llegado el tiempo de gracia en el que todas las leyes y todos los derechos y solemnidades habían cesado y que todas las cosas serían comunes”, y “cada uno juzgaba que él era libre para cometer cualquier mala acción”.

-Alfonso de Mella: revelación progresiva de las Sagradas Escrituras y teoría de la Historia en un despliegue sucesivo de las tres personas de la Trinidad.

-Cuarta crónica: frailes franciscanos predicaban “contra el santo matrimonio, la mayor parte de las mujeres de aquella tierra dexaron a sus maridos, e las moças a sus padres e madres, e se fueron con los dichos frailes y con mucha compaña de omes (…) e facian adulterio e fornicaban los omes e los frailes con ellas e con las que querian publicamente, diciendo: aleluya y caridat”, y se llamaban los “unos Sant Pedro e a los otros Sant Pablo, e nombres de otros santos e santas”.

-Alonso de Oropesa: “dicen que tiene que seguir a la Iglesia un cierto estado más perfecto que debe ser atribuido al Espíritu Santo” y “también dicen que las mujeres deben por caridad ser comunes para todos por la lujuria”.

-Diego Valera: “creyeron no auer otra cosa que nasçer e morir; algunos que creyeron entender la Sagrada Escriptura en otra manera de como la entendieron los santos doctores de la Yglesia”.

-Summa utilissima errorum: 1er error, el hombre se volvería totalmente impecable y no tendría sentido avanzar más en gracia; 2º error, que alcanzado este grado de perfección no conviene al hombre ayunar ni orar, ya que entonces la sensualidad está perfectamente sometida al espíritu y a la razón, y por tanto, el hombre puede conceder al cuerpo lo que desee; 3er error, que alcanzado este grado de perfección en el espíritu de libertad, no están sujetos a humana obediencia ni a cumplir los preceptos de la Iglesia, ya que donde hay Espíritu del Señor, allí hay libertad; 4º error, que el hombre en la vida presente puede alcanzar la beatitud final según el grado de perfección; 5º error, que la naturaleza intelectual es por sí misma beata y por ello el alma no necesita de la luz de la gloria para alcanzar la visión de Dios; 6º error, que el ejercitarse en actos de virtud sólo es propio de hombres imperfectos; 7º error, que practicar el acto carnal cuando a ello incline la naturaleza no es pecado; 8º error, que en la elevación del cuerpo de Cristo los hombres no deben ponerse en pie ni mostrar reverencia, ya que sería para ellos gran imperfección; 9º error, que en el tiempo del Espíritu Santo había sido ampliada la caridad hasta tal punto, que lo que en otros momentos fue considerado pecado, como el estupro o el adulterio, ya no lo era, con tal que se hiciera carnalmente mezclándolo con la caridad; 10º error, que las mujeres no pecaban si se unían carnalmente con los que admitían estos errores, si actuaban por caridad; 11º error, que el hombre espiritual era hijo natural de Dios y al final de los tiempos vendría a juzgar al mundo.

-Guía de Carlos I: “eregia a que llamaron la caridad de los de Anboto los cuales entre otras opiniones dezian quel mandamiento de cresced e multiplicad se avia de guardar en general e que pidiendo un onbre a una mujer por caridad que le avia de dar cualquier cosa”.

-Francesillo de Zúñiga: “la orden de la caridad que dejo instituida Fray Alonso de Mella en Durango”.

-Esteban de Garibay: “auia caydo en las heregias y viciosos errores de los Fraticellos” e “incitando a las gentes a las torpezas de la carne, induciéndolos, a que las mujeres fuesen comunes”.

-P. Aguirre y P. Cuervo: “comunidad de bienes y de mujeres” y “conveniencia de dar un golpe de Estado, por hecho de armas”.

Las informaciones más veraces sola carta de Alfonso de Mella al rey de Castilla, la de Fernando de Munqueta al papa Nicolás V y la Summa utilissima errorum; en ellas observamos cómo se describe la llegada de la tercera edad o Edad del Espíritu Santo, al igual que lo indica Alonso de Oropesa. En esa edad se alcanzaría la libertad y la perfección, y por tanto, los hombres se harían impecables; se llegaría al tiempo de la gracia, donde las leyes, derechos y solemnidades carecerían de valor, y todas las cosas serían comunes. De estas ideas se deduce una clara relación con la teoría de Joaquín da Fiore y con un anhelado milenarismo, con la instauración del reino de Dios en la tierra, donde existiría una comunidad de bienes, al igual que de mujeres (Munqueta, Garibay, Aguirre, Cuervo, Cuarta Crónica, Alonso de Oropesa), y donde los hombres no estarían sujetos a ninguna obediencia humana, por lo que el Papa y la Iglesia carecerían de ascendente sobre ellos (Summa, Munqueta, Mella).

Las referencias a la caridad (Cuarta Crónica, Guía de Carlos I, Francesillo de Zúñiga, Summa, Oropesa) podían estar relacionadas con la pertenencia de los propagadores de la herejía a las órdenes mendicantes, y además, a que la subsistencia de los miembros del grupo herético debía estar condicionada a las limosnas que recibieran. Sin embargo, atendiendo a las referencias de la Cuarta Crónica, Oropesa, Summa y Guía de Carlos I, tenemos que toda referencia a la caridad hace alusión al trato carnal entre hombres y mujeres. Es decir, las mujeres, como muy bien afirman Oropesa y la Summa (errores 9º y 10º), si por caridad se entregaban a los placeres de la carne con los miembros de la secta, no incurrían en pecado, ya que en el tiempo del Espíritu Santo, como se indica en el 9º error de la Summa, había sido ampliada la caridad hasta tal punto, que los placeres carnales que en otro momento fueron considerados pecado, ya no lo eran.

El golpe de Estado al que se refieren el P. Aguirre y el P. Cuervo, podría aludir a una ayuda a la Providencia divina, como indica J. Aranzadi, para la instauración del Paraíso en la tierra. La afirmación de Diego de Valera de que no creían que nada había sino “nasçer e morir”, llevada a su extremo, podía estar refiriendo una negación de la teoría escatológica y una afirmación de la milenarista, noción que vendría potenciada a partir de los planteamientos de la filosofía escéptica y averroista, que había arraigado en ciertos sectores judíos, y para la cual la frase “nacer y morir” resaltaba la importancia de la vida terrena frente a la del más allá.

La herejía de Durango tiene grandes concomitancias con la milenarista del Libre Espíritu. Esta herejía fue una forma aberrante de misticismo que surgió con gran fuerza a partir del siglo XI. Se trataba de un panteísmo místico dentro de la tradición neoplatónica. Los adeptos creían haber alcanzado un grado de perfección absoluta en el cual era imposible pecar. La Summa nos informa cómo los seguidores de Mella habían alcanzado ese grado de perfección, e incluso la Cuarta Crónica podría aludir a ello al indicar que estos herejes se denominaban “unos Sant Pedro e a los otros Sant Pablo, e nombres de otros santos e santas”, ya que los santos disponen de una aureola de perfección. Quizás por ello, los herejes decían expresiones consideradas como blasfemas (documento de agosto de 1444) y se negaban a adorar a la Cruz (Alonso de Cartagena) y el Santísimo Sacramento (Summa). El abad del monasterio de San Víctor de París, reprochaba a los “espirituales” su promiscuidad sexual exagerada, practicando el adulterio, el concubinato, la violación y otros actos, y a través de los cuales buscaban dar placer al cuerpo, y engañaban al pueblo al decirles que por aquellos pecados no serían castigados. Si de algo fueron acusados los de Durango, con mayor insistencia que sobre otras cuestiones, fue de incurrir en “las torpezas de la carne” (Garibay, Guía de Carlos I, P. Aguirre, P. Cuervo, Oropesa, Summa, Cuarta crónica). Atendiendo a sus postulados, una vez alcanzada la perfección, la concupiscencia no era pecado, ya que como se indica en el 2º error recogido por la Summa, la sensualidad se encuentra perfectamente sometida al espíritu y a la razón, y por tanto, el hombre puede conceder al cuerpo todo lo que desee; y en el 7º error se argumenta que practicar el acto carnal cuando a ello inclinara la naturaleza, no era pecado. Respecto de los posibles engaños con que los herejes incitaban, fundamentalmente a las mujeres, a practicar actos carnales, estaba la ya mencionada relación existente entre la Edad del Espíritu Santo-libertad-ampliación de la caridad-sensualidad.

Los adeptos al Libre Espíritu contaban con una interpretación de la Historia con sorprendentes semejanzas con la de Joaquín da Fiore. Concebían la Historia en tres etapas que correspondían con las tres personas de la Trinidad; ahora bien, a diferencia de Da Fiore, creían que cada época tenía una encarnación propia y diferente, y ellos estaban en la época del Espíritu Santo, que llegaría hasta el final de los tiempos y en la que se produciría la encarnación del Espíritu. Los “espirituales” eran los primeros hombres en los que esta encarnación había tenido lugar, de ahí su nombre. Para los “espirituales”, la transición de una edad a otra estaba precedida por catástrofes, como hambres, guerras, etc., y no debemos olvidar que Vizcaya, en los años en que surgió el movimiento herético de Durango, sufría con dureza los efectos de la crisis bajomedieval; por tanto, los de Durango podían pensar que efectivamente se encontraban ante el inicio de una nueva Edad. Los del Libre Espíritu no consideraban que ellos fueron los únicos dioses vivientes, sino que eran los guías que conducirían a toda la Humanidad hacia la perfección que ellos ya habían alcanzado. El Espíritu Santo, a través de estos “espirituales”, hablaría a todo el mundo -recordemos en este punto la alusión de Mella a Pentecostés-, y al final la encarnación se iría generalizando hasta convertirse en universal. En la carta de Mella, al igual que en la de Munqueta, encontramos ciertas similitudes con el planteamiento ideológico del Libre Espíritu: una Historia desplegada en tres edades; una progresiva revelación de las Sagradas Escrituras, que ahora se realizaba a través de ellos, para llevar la verdad a todos los hombres de manera que lograran alcanzar el grado de perfección que suponía ser “espiritual”, por ello, diría Mella que Dios “por medio de nosotros [da] el agua viva de la espiritual doctrina desde el cielo [Espíritu Santo] con el cual será renovada la faz de la tierra y vivan en el espíritu todos los que hasta este momento morían en la carne”; y la consideración de que se hallaban al final de los tiempos, Edad del Espíritu Santo, en los que los hombres alcanzarían la perfecta libertad.

CONCLUSION
Es el momento de realizar una valoración final de lo que fue y significó numérica y geográficamente el movimiento herético de Durango, así como de conocer su extensión en el tiempo.

Fernando de Munqueta constató que la secta había tenido un rápido crecimiento, cuyo contingente humano no fue menor a “los que se levantaron en Praga, y en aquellas partes de Bohemia” según indica el relator Fernando Díaz de Toledo, y el P. Cuervo se atreve a cifrarlo en 500 personas. La importancia numérica del movimiento puede ser constatada a partir del número de efectivos enviados a reprimirlo y de la cuantía de los que murieron víctimas de la represión. El P. Aguirre, con objeto de magnificar la importancia de la secta, daba el dato, a todas luces exagerado, de 4.000 hombres enviados por la Inquisición. La crónica de Juan II, por su parte, nos informa que fueron a Durango dos alguaciles con “asaz gente”; aunque no es muy preciso el dato, nos permite hacernos una idea del importante número de seguidores de Mella. La Cuarta crónica nos informa que “fueron muertos e quemados más de ciento omes e mugeres e moças”. Estas cifras de la represión pueden ser aceptadas como verosímiles, ya que Fernando de Munqueta por su propia mano, como él mismo reconoce, entregó a más de 70 personas para que fueran ajusticiadas. Por su parte, el P. Aguirre y el P. Cuervo indican que un domingo a las doce de la mañana, tras la misa mayor, en la plaza de Santa María de Durango, fueron quemadas 13 personas. No debemos olvidar, que no todos los seguidores de Mella fueron sentenciados a muerte, ya que la mayoría de ellos abjuraron de la herejía o “se avian ausentado muchos temiendo la justicia por sus malas obras por consejo e favor de algunos de la dicha villa e su tierra en especial Pedro Domingo de Ibarra Pio de Ibarra e su muger Maria de e vecinos de la dicha villa e Juan de Baseta moradores en Mañaria e otros que al presente no se acordaba” (documento de 2 de septiembre de 1444), entre los que estaban fray Alfonso, fray Guillén y los demás seguidores con los que se refugiaron en Granada.

Con objeto de dar una idea más aproximada de las dimensiones reales de la secta, Avalle-Arce utiliza como marco de referencia, atinadamente según J. Aranzadi, el censo de población de 1950 y de Durango. En este censo, Durango contaba con 9.683 habitantes, y si se tiene en cuenta “la escasa demografía medieval la secta tiene que haber representado dimensiones pavorosas”. Para apoyar estas afirmaciones, J. Aranzadi añade el dato proporcionado por E. Fernández de Pinedo de que en 1514, las “veinte villas y una ciudad de Vizcaya tenían 5.563 vecinos”. Estamos de acuerdo con que el movimiento fue numéricamente muy grande, más de cien ajusticiados, muchos más los que renegaron y abjuraron de sus proposiciones heréticas, y los que consiguieron escapar a la acción de la justicia; lo cual nos podría situar ante un contingente humano cercano a esas 500 personas a las que aludía el P. Cuervo, es decir, un movimiento popular nada despreciable para la Baja Edad Media vizcaína. Ahora bien, no estamos de acuerdo con las escalas comparativas utilizadas por Avalle-Arce y J. Aranzadi, y ello, fundamentalmente, por relacionar el número de miembros de la secta con la población de Durango y con la de las villas. Según las distintas informaciones, la herejía no afectó exclusivamente a la villa de Durango, sino que se extendió también por la tierra llana del Duranguesado, como Mañaria, Izurza, Abaiano y Bérriz (documento del 2 de septiembre de 1444 y el P. Cuervo), por otras merindades, como Zornoza (Labayru), e incluso afectó al valle alavés de Aramayona (Labayru). Por tanto, el censo de 1514 sólo refleja el peso demográfico del mundo urbano de Vizcaya, esto es, 5.563 vecinos, pero ignora el del mundo rural, y según el censo de Tomás González, tenemos que la Tierra Llana de Vizcaya contaba con 5.447 vecinos, a los que debemos añadir los 736 del Duranguesado y los 2.025 de las Encartaciones. Es decir, hacia 1500 Vizcaya contaba con unos 65.000 habitantes.

Con seguridad no podemos saber cuánto tiempo perduró la secta más allá de 1442. Dos años después de iniciada la represión, el 13 de mayo de 1444, el bachiller en decretos y arcipreste de Busturia, Juan Pérez de Lariz, fue acusado por el presbítero vizcaíno de la diócesis de Calahorra, Iñigo Pérez de Irrazabal, de favorecer a los seguidores de Mella que habían sido condenados públicamente, de compartir sus ideas, y lo que era peor, de propagarlas, ocasionando con ello grandes escándalos entre los cristianos de aquella zona. Esta información nos sitúa a los herejes huidos de la represión, bien en la merindad de Busturia o bien en la localidad costera de Busturia, situada entre Guernica y Bermeo. En agosto y septiembre de 1444, el teniente de prestamero del Duranguesado, junto con las autoridades de la villa de Durango, seguían actuando contra los herejes. En 1453 Fernando de Munqueta mencionaba un reverdecimiento de la herejía y aconsejaba al Papa que nombrara jueces a los abades de la Morcuera y la Estrella para acabar con ella. En 1454 Mella escribió su carta al rey de Castilla explicando cuáles eran las intenciones de su movimiento.

Hacia 1460, si damos por válidas las referencias de Iturriza, fray Guillén de Albora junto con otros franciscanos continuaba con sus predicaciones en Durango y con mucho éxito, ya que los beneficiados de Lequeitio debían ir a la villa a anular los efectos de sus prédicas. En cierta ocasión, estos beneficiados consiguieron detener a fray Guillén en un lugar del arciprestazgo de Guernica (merindad de Busturia), y cuando lo conducían preso para enviarlo al obispo, “muchos legos en defensa de los falsos predicadores” lo impidieron. Esta información de Iturriza tiene el problema de la cronología: ¿en 1460 fray Guillén seguía en Vizcaya difundiendo la ideología de la secta?, es decir, dieciocho años más tarde de iniciada la persecución de los herejes y huida de Mella con muchos de sus seguidores a Granada, ¿fray Guillén continuaba en Vizcaya? Según la Summa, fray Guillén se fue con Mella a Málaga, y unos días después a Sevilla, donde fue ajusticiado por orden del obispo fray Juan de Morales. Cómo casar la información de Iturriza con la de la Summa o viceversa. La única posibilidad que consideramos como válida es que la fecha de 1460 sea un error y se aluda a acontecimientos que tuvieron lugar veinte años antes, ya que parece improbable que fray Guillén, uno de los cabecillas del movimiento, permaneciera en Vizcaya tras la represión tan dura a la que fue sometido; a no ser, lo cual es bastante improbable, que hubiera vuelto ahora para hacer reverdecer la herejía, como dice Munqueta que ocurrió hacia 1453, y tras las persecuciones de los beneficiados de Lequeitio huyera de nuevo a Sevilla donde fue quemado.

En la provisión real de 1466 dada por Enrique IV a la provincia de Guipúzcoa se autorizaba a los alcaldes de hermandad a perseguir a las brujas, incluyéndose también a los de la “seta de Fr. Alonso de Mella”. Por ello, Diego Valera indicaría que “duraron aquellos errores en el tiempo del rey don Enrique [IV]” y que “au fasta oy [el cronista murió en 1486] se cree que en algunos dura la eregia de Durango”. En 1486, en Tavira de Durango, fue injuriado Juan López de Zumáraga por Sancho Pérez de Ibarrondo al llamarle hereje de la secta de Fray Alonso de Zamora. Juan López inmediatamente denunció la acción ante el tribunal de Chancillería, donde expuso “que le ynjuriara muy atroz e gravemente seyendo commo diz que syenpre fuera e hera muy bueno e catolico christiano avnque en otras cosas commo quien quiera pecar a Dios nuestro Sennor muy firme e non dudoso en su santa fee catolica e por tal avido e tenido e rreputado e conosçido en toda la dicha villa de Durango e sus comarcas la qual ynjuria atroz e grabe luego que a su notiçia biniera diz que la rrebocara en su coraçon por ynjuria”. Como se puede comprobar los ánimos seguían crispados, las sospechas estaban a la orden del día y la necesidad de demostrar la práctica de una religiosidad normal dentro de la ortodoxia marcada por Roma, se imponía para evitar denuncias que pusieran en entredicho, más que nunca, la buena fama y linaje de un individuo y su familia. Este ejemplo de injuria sitúa en un primer plano, tras la represión de los herejes, la necesidad de mantener la fama familiar libre de toda mancha y sospecha de ser o haber tenido un pariente hereje -recordemos los padrones de los herejes que fueron quemados en el siglo XIX por el daño que ocasionaba a los descendientes de ellos-, no sólo por el desprestigio social y marginación que podía acarrear, sino también, porque según las pragmáticas reales, los hijos y nietos, descendientes de los condenados por delito de herejía quedaban excluidos de la posibilidad de ocupar cargos públicos.

Sabemos por un documento fechado el 1 de abril de 1488 que el alcalde de Tavira de Durango, Juan Ruiz de Medina, habían renegado de la fe; ahora bien, debemos suponer que se aludía a una blasfemia o reniego, no a que hubiera incurrido en el delito de herejía. Sin embargo, en Durango debía existir una sensibilidad especial respecto a la blasfemia, ya que, como ya hemos indicado, en el documento de agosto de 1444 realizado a instancias de las diligencias judiciales incoadas por el teniente de prestamero y las autoridades de la villa, una de las cuestiones que se atribuía a los herejes era la de blasfemar. El 29 de marzo de 1489 fue comisionado el corregidor de Vizcaya, el licenciado Diego de Astudillo, para que investigara a Francisco de Artieta, preboste de Durango, ya que se sospechaba que había llevado en su nave a un hereje con todos sus bienes hasta Génova. Este dato nos da una idea de la diseminación alcanzada por los seguidores de Mella: zona costera de Vizcaya (merindad de Busturia), Guipúzcoa (texto de 1466 de Enrique IV), Andalucía y Génova. El 28 de mayo de 1496 se hizo merced a Pedro Ibarra, repostero de camas, de unas casas y un manzanal situados en Durango, que habían pertenecido a María Pérez de Gujencia, condenada por el hereje. El brote brujeríl surgido en el Amboto en 1500, fue puesto por unos autores, como Fernández de Oviedo y el redactor de la Guía de Carlos I, en relación con los seguidores de Mella. E. J. Labayru, en el registro 10 de las Antigüedades de Vizcaya de J.R. Iturriza, encuentra un listado de las personas que fueron penitenciadas (17) y reconciliadas (6) en Durango en 1500, y que contiene un añadido del copista en el que se indica que fueron herejes luteranos, error ostensible, puesto que todavía no había surgido ese movimiento.

Las personas relajadas fueron Domeja de Aguirre, Juan Miguel de Cestona, Juan Pérez de Andiregui y su hija María de Andiregui, Sancho Martínez de Unamuno y Teresa de Zumelaga, mujer de Martín de Zumelaga; todos ellos vecinos de Durango, excepto Teresa, que lo era del Valle de Arrázola. En total 23 personas fueron llevadas ante la justicia, de las cuales, 17 fueron condenadas y 6 no. Entre estos acusados de herejes, había sólo 4 hombres; 10 mujeres estaban casadas, una soltera -Marina de Minica-, y del resto no se nos indica su estado civil, aunque de alguna de ellas se menciona que es “hija de”, lo cual sería indicativo de que eran solteras. De los cinco oficios que se nos mencionan, tres están directamente relacionados con la manufactura textil, de gran peso en Durango. Otros datos referentes a estas personas, como son su participación en los repartos fiscales, la cuantía de sus bienes, parentescos, etc., pueden ser obtenidos a partir de la documentación municipal de la villa; así, por ejemplo, es de reseñar la extracción social baja de una parte de los miembros del movimiento herético, como Teresa de Aguirre, Marina de Arriaga, Marina de Mondragón o Juan de Unamuno y su mujer, que según los padrones de repartos fiscales contribuían con 6, 6, 12 y 15 mrs. respectivamente.

Estas personas penitenciadas y relajadas ¿tenían algún tipo de relación con el foco brujeril del Amboto de 1500? Según Fernández de Oviedo sí, ya que nos habla de “esos brujos e brujas, e aun esos otros herejes de la peña de Amboto e sus secaces de la condenada secta de Fray Alonso de Mella”; al igual que la Guía de Carlos I. En este sentido no debemos olvidar que la gran mayoría de los acusados fueron mujeres, y que tradicionalmente ha estado en manos de éstas la preparación de brebajes, pócimas y venenos. Ahora bien, nos queda la duda de si realmente las brujas del Amboto y los herejes condenados en 1500, fueron miembros del mismo movimiento. El hecho de que no pocos herejes fueran condenados tras su muerte –“relaxada en estatua y exumados sus huesos”-, nos lleva a pensar que las proposiciones heréticas que les llevaron ante la justicia se habían manifestado con anterioridad a 1500, ya que es ilógico que 7 personas de las 23, estuvieran muertas en el momento de proceder contra ellas. No obstante, lo que sí queda claro es que la vivencia religiosa de los habitantes del Duranguesado de principios del siglo XVI se encontraba contaminada por pervivencias de creencias paganas y planteamientos que en su día fueron defendidos por Mella y los suyos. No debemos olvidar que en el ámbito rural pudieron mantenerse estas ideas con mayor fuerza debido a que los cambios en la mentalidad se producen con mayor lentitud, y a la ausencia de un control efectivo por parte de las autoridades, tanto civiles como eclesiásticas. Respecto de estas últimas recordemos la prohibición de que el obispo entrara en el Señorío. Por todo ello, es fácil comprender que algunos retazos de la ideología que había servido de soporte al movimiento de Durango, pasaran a ser lugar común de la experiencia religiosa de los habitantes del Duranguesado y pervivieran en el tiempo; así, por ejemplo, según J.A. Zamacola, el fenómeno continuó hasta 1559, cuando nuevamente intervino la Inquisición.

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