Colombia, 22 de Mayo de 2013
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Diccionario Biografico de Antioqueños Diccionario Biografico de Antioqueños

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IV

Llegado el momento de iniciarse el solemne acto, el monarca magnánimo hizo su entrada en la sala del Porch; cubría su cuerpo vigoroso un rojo manto adornado con blancos armiños en toda la longitud de sus largas solapas.

Su estatura elevadísima, realzada por su corpulencia proporcionada, suscitó espontánea y nutrida salva de aplausos, que, aun pugnando con la habitual etiqueta palaciega, atestiguaba el sentir unánime de cariño y adhesión de la noble y selecta concurrencia.

Un solo sitial estaba reservado al capitán insigne y soldado valeroso, el rey paladín que había de presidir la asamblea. En el centro, cubierta con rojo tapete de grueso terciopelo, una gran mesa de macizo roble, ostentaba los atributos de la realeza, la corona y el cetro, colocados sobre mullido almohadón; los costados del tapete lucían áureos y argentinos el escudo del Reino, consistente en el águila esployada sobre campo de gules.

Al lado derecho veíase el estandarte real de Guerra, sobre albo damasco en el cual también se ostentaba con idénticos bordados que en e1 tapete, la imagen de nuestra excelsa Patrona, la Virgen Blanca en el anverso, todo ello representado en oro y plata.

Al aparecer el soberano, precedíanle uniformados dos heraldos con sus clarines entonando la marcha de las Cortes; a continuación seguían dos reyes de armas con sus mazas argentinas; y otros dos portando las clavas, emblemas de la fuerza, y por fin ocho pajes, portando a mano otros tantos blancos cirios con los cuales se colocaron estos sirvientes a prudenciales equidistancias, detrás de los invitados.

Reverente el Rey, saludó con marcada inclinación de cabeza a diestro y siniestro, reverencia que fué correspondida por los nobles concurrentes.

Seguidamente y todos en pie, el gran Rey se expresó en los términos siguientes:

V

«Ancianos, Ricos-homes, Condes, Infanzones, Mesnaderos y Alcaides de Navarra: A todos con mi mayor afecto, cordialmente os saludo y doy la bienvenida. A la par os agradezco vuestra concurrencia a esta asamblea extraordinaria. Pero os propongo que ahora y aquí mismo, nos postremos arrodillados en presencia de la imagen de la Reina de los cielos, la Virgen Blanca, nuestra excelsa Patrona y entonemos el himno Veni Creator, para que la sabiduría del Espíritu Santo nos guíe e inspire en la discusión y conduzca en nuestro acuerdo, al bien de la Patria y de la Religión.»


El comienzo de la entonación estuvo a cargo del Prior de la Orden de San Juan de Jerusalén, D. Juan de Ullate (estaba vacante la sede episcopal). El porta estandarte de la insignia real de Guerra, D. GomeGarcés de Agoncillo trasladó el venerable símbolo a la diestra del Presidente.

Terminada la invocación, D. Sancho VIII, dijo: «Tomad asiento»; y entrando en materia, expuso: «Este vuestro soberano, por conducto normal, ha recibido del Pontificado ejerciente, Inocencio III, una Bula fechada en la Ciudad eterna, en las Kalendas de Abril del corriente año 1212; el documento en texto latino, dice así: Inocentius episcopus, servus servorum Dei, dilecto filio, Nobili viro Duci Navarre, Salutem et Apostolicam benedictionem .... etc »

Finalizada la lectura íntegra del documento Pontificio, el Rey hizo notar varios extremos, empezando por el hecho de haberle sido cursado el documento original por el Cardenal Gregorio del Santo Angel,Legado de Su Santidad, otorgando a D. Sancho el tratamiento de Ilustrix Rex Nabarre y trasmitiéndole la bendición apostólica para él, su Reino, Consejeros, súbditos y vasallos.

Manifestó el Presidente su reconocimiento por el ruego amoroso y
caritativo que encierra especial honor para el Reino y para el trono navarro, al suplicarnos:

1.º Fraternal unión de nuestras fuerzas a las de los Reinos de Castilla y Aragón, más otras extranjeras, contra la morisma, en parte ocupante de la tierra hispana;

2.º Ordenando que se nos facilite paso libre a través de dichos reinos tanto a la ida como al regreso, y

3.º Que se nos reserve participación en los despojos de toda especie y en los territorios que se ganen a los infieles.

Habréis notado que Su Santidad apenas si alude, y ello con suma discreción, a nuestras relaciones diplomáticas y económicas con los enemigos de la Cruz. Os supongo conocedores de esas relaciones que ni por un momento han originado el más leve detrimento para la Iglesia ni para el trono; pero esa misma casi omisión, me confirma en ciertas malévolas acusaciones que por vías oscuras, el desventurado monarca castellano ha hecho llegar hasta la silla pontificia después de mi estancia en tierra de moros y después de la ignominiosa batalla que perdió en Alarcos. Jamás ha preocupado uno ni otro a mi nombre, pero sí a mi conciencia como fiel creyente de la Cruz dicha bochornosa derrota sufrida por nuestra Religión; con referencia a tan ominoso desastre he de hacer pública declaración de que fuí invitado por el vencido, a tal empresa bélica, para llevarla a cabo antes de 1209, la cual habíamos concertado mútuamente en lugar y fecha aludidos, y que conforme a ese previo pacto, acudí como sabéis, bien ageno a que tan inexperto to caudillo, D. Alfonso, temerario, atropellado y presuntuoso, sin formalidad ni preparación y sin la serenidad tan precisa, ni esperar a la fecha conmigo pactada, incurrió en la ligereza imperdonable, de lanzarse a una lucha irreflexiva, estúpida, cuyo descalabro en buena lógica era de presumir. De ese contratiempo me enteré antes de la fecha convenida y lugar concertados; y claro está que formé decisión de establecer un juicioso alejamiento respecto a tan incauto e informal aliado, volviendo atrás en mi ruta. Supe después que el Arzobispo D. Rodrigo Ximenez de Rada, navarro olvidadizo de su cuna, informando al Pontificado, decía que los Reyes de León y de Navarra fingieron acudir en auxilio del castellano.» Los tiempos no cambian: todavía perduran los ingratos a su Patria nativa. 

Ello constituyó para mí una segunda revelación de la inestabilidad de nuestras relaciones para lo sucesivo. Pero lo relatado, con ser una verdad como lo es el sol que nos alumbra en este momento, me obliga a retroceder en una ojeada histórico-retrospectiva, para patentizar ante vuestra consideración la que fué mi aludida primera revelación en el mismo sentido de incompatibilidad. Prestadme oído: En los fines del pasado siglo, nuestro reino llegaba desde Lérida y Tortosa por Oriente hasta Laredo, Santillana y la Bureba por Occidente; desde Toulouse y Gascuña por el Norte hasta el Duero y Albarracín por el Sur. Nuestro campo encastillado constituía un atrincheramiento formidable; y Navarra, ya para entonces, paseado había sus estandartes triunfantes por Málaga, Almería, Las Alpujarras y las tierras almoravides de Alicante, Denia, Valencia y Murcia. Las comarcas toledanas en 1085, vieron entusiastas aclamaciones de nuestros guerreros. Aragón y Navarra bajo un cetro común habíanse paseado vencedoras por Soria y las dos Riojas al Sur de nuestras fronteras; y el Lapurdi, Bigorre, Cominges, Soule y Bearne reconocían nuestra hegemonía por el Norte. En el siglo décimo nuestras armas se habían impuesto con respeto y simpatías en Zamora y Salamanca a través de Palencia y Valladolid. Con antelación en la primera mitad de aquella centuria, nuestras mesnadas habían llegado hasta León y Lugo, en auxilio de Ordoño 2.º contra Abderramán 3.º, califa de Córdoba. En fin y para no fatigaros más, el Gran Rey don Sancho el Mayor tenía bajo su cetro más de media España; y yo heredé de mi padre el Gran Rey D. Sancho el Sabio un renombre insuperable, al cual desde 1194, presté el calor de mi corazón y el vigor férreo e inflexible de mi brazo hercúleo. 

Decidme ahora si estaba bien razonado que la morisma meridional, ocupante de las zonas andaluzas, bañadas en la anarquía y próximas a sucumbir en intestinas y sangrientas guerras civiles, me llamara para imponer a los almohades la paz, el orden, el respeto a sus caídes y califas, a buenas o a malas, por convicción o por la fuerza. Esa abnegación de la morisma implorando mis facultades para recobrar su paz, os demostrará cuán arraigado estaba nuestro prestigio, aun entre nuestros adversarios de religión, y como en acudir a ese llamamiento ni la Cruz ni Navarra padecían lo más mínimo, sino antes bien nuestro prestigio se elevaba hasta lo infinito, al llamamiento sincero, caballeroso y angustiado, acudí sin vacilación y con recíproca nobleza. ¿Necesitaré declararos que encomendé a Dios el éxito de mi empresa? Contesten por mí los hechos. Contesten las millonadas que en signo de su gratitud me otorgó la morisma; emires y califas andaluces me aclamaron a una voz, me colmaron de zalemas y multitud de obsequios valiosos y de riquezas que yo no había pretendido; y si abrís las crónicas africanas, rebosantes las hallaréis de elogios hacia mi persona. 

Cierto que de aquella tierra de moros se me prodigaron toda suerte de elogios y recompensas espontáneas, me ofrecieron paz y armonía con nuestras armas; y en fin que merced a mi opulencia así obtenida, logré recuperar una parte de lo que los castellanos me habían infamemente sustraído en las dos Riojas y en la Bureba, como también los aragoneses me reintegraron sus rapiñas, pero no fué generosa y amigable esa reparadora serie de restituciones, si no a costa de las verdaderas y cuantiosas remuneraciones que la morisma puso a mi libre disposición. Poniéndose en pie D. García de Uriz y dirigiéndose respetuosamente a la Presidencia:

Permitidnos, señor,—dijo—declarar que los que venimos por favor vuestro y con honra nuestra gobernando castillos de Navarra, como los de Amayur, Rada, Monreal, Artieda, Los Arcos, Peralta, Aibar, Valtierra, Tafalla, Lerín y otros muchos más, aquí presentes, hemos observado y comentado con cuánto desprendimiento y patriotismo venís adquiriendo castillos dentro y fuera de Navarra unos, creando otros, hipotecando no pocos, robusteciendo así el poderío marcial de nuestro territorio y todo ello sin reservar para enriquecimiento de la Realeza, parte alguna. Permitidnos, señor,—repito—que lo hagamos constar así en señal de gratitud y de amor hacia nuestro soberano, con la certeza de que en esta manifestación nos acompañan todos
vuestros súbditos y vasallos. 

El rey contestó: Estimo sobremanera, señores Alcaides de mis castillos esta manifestación y os prometo que mientras Dios me otorgue el favor de mi reinado, toda la tierra vascónica constituirá mi predilección, sin ambiciones personales de ningún género. Vuestro soy sin limitación y para mi pueblo amado serán todos los latidos de mi corazón. Nunca he sido ingrato y por consiguiente vuestra adhesión no caerá en olvido.» 

Un asentimiento general de la concurrencia, siguió a las reales promesas. «El gusano vil de la envidia, el sapo venenoso de la ambición, la felonía más encanallada ante mis éxitos en tierra de moros, irguió su cabecilla traicionera de mísero reptil y como ladrón nocturno en casa agena, penetró en nuestros territorios alaveses y riojanos, sin un previo aviso, sin declaración de guerra, sin justificación alguna, utilizando cobardemente mi ausencia en el lejano país mencionado; el monarca vapuleado en Alarcos por el látigo musulmán años atrás (1200) me robó veinte y cuatro castillos y varias plazas. ¡Barata gloria castellana! Y su aliado el aragonés, en idénticas condiciones de vecino desleal, de acuerdo con el castellano, se embriagó trasfiriendo a sus dominios mis castillos de Aibar, Cáseda, Leguin y otros sin disparar una flecha, ni sacrificar un milite. ¡Asombroso rasgo de valor de Carnaval! 

En este momento emocionante el caballero Alonso de Guendulain interrumpiendo a D. Sancho y previa su venia: Señor—le dijo.—Cúpome en desgracia que lamentaré mientras viva, defender la plaza de Vitoria. 

No me levanto para propia justificación, pero sí en desagravio de aquellos defensores de Vitoria, que animados con mi ejemplo, extremaron sus energías, padecieron hambre y sed y las consiguientes enfermedades; siempre se hallaron resueltos a testimoniar su lealtad con sus vidas y permanecieron hasta que les indultó de tal sacrificio el mandato de su Rey. Así libertaron sus honras y sus vidas. 

Lo he recordado y reconocido mil veces, mi amado súbdito—contestó D. Sancho—; y aprovecho la oportunidad para declararlo públicamente en justificación tuya y de tus bravos compañeros. 

Continuando la palabra, el Presidente agregó lo siguiente: No he de ocultaros que la Bula de Nuestro Santo Padre me produjo hondísima emoción y alzó en mi alma el pavoroso contraste de haber de asociarme a los que fueron mis alevosos rapiñadores, los que tanto me agraviaron como hombre y como cristiano, llevando sus perfidias hasta el trono gestatorio, al denigrarme con sus vilezas y ruindades. 

¿No os sentís partícipes de mi indignación? Abrid el libro de vuestra memoria y recordad cuántas víctimas de la lealtad, cuántos sacrificios en aras de la fe, registra nuestra historia: la mayor parte de nuestros antepasados, han quemado en el altar de nuestras creencias sus intereses y sus vidas en las empresas de las Cruzadas. 

Cambiando de tema también, he de confesaros, como un secreto de estado, que el móvil privado de mi actitud en la expedición a tierra de los árabes no fué otro que el de retrotraer la historia de Navarra a los días de D. Sancho el Mayor, en punto al ensanchamiento de nuestros límites nacionales, mas no para luego fraccionar sus territorios, como hizo aquel mi antepasado, entre sus hijos que malograron la obra admirable de su padre; sino con vistas a una ámplia expansión territorial como entrevió con perspicacia el que me delató ante Su Santidad. Esa expansión territorial que la diplomacia y las armas habrían afianzado, consolidado y redondeado, dejando en segundo lugar a León, Castilla y Aragón, pero en muy principal posición a Navarra, procedimiento que fácilmente hubiera originado recluir a un rincón cada día más angosto el poderío agareno. 

Dejémonos ya de más digresiones que prolongarían mi discurso y pasemos a justificarme y exponeros mis torturas, mis insomnios y hondas preocupaciones, confesando a vosotros las íntimas cavilaciones que me obligaron a promover esta magna reunión. 

VI 

El Rey Don Sancho hizo entonces una pausa y poniéndose en pié continuó así: Mis consejeros fieles y amadísimos: Haría yo interminables mis escarceos a través de la historia: y como ardo en deseos de que entréis en la serena disertación del asunto, no me resta más que rogaros tengáis piedad de vuestro Rey, al que el hado fatal ha colocado en este lugar. Formalmente os aseguro que el mártir más digno de conmiseración es el monarca de un Reino, ya que tiene en sus manos simultáneamente, las llaves de la caja fatídica de Pandora y las de la felicidad de sus vasallos; pero como la condición humana no puede alcanzar el grado de sabiduría que demanda la complejidad de las funciones del gobierno, cada día más arduas, necesita en todo momento la inspiración del cielo, que diariamente vengo impetrando me otorgue sin regateo, el Hacedor Supremo. 

El conflicto más grave de mi existencia como Rey vuestro, con haber superabundado muchos desde que mi Sabio padre salió de este mundo, es el que ahora pesa sobre mi espíritu. La voz del Sumo Pontífice me aconseja en un sentido que contraría mi firmísima resolución de alejarme de alianzas tan falaces y dañinas como las que me han rodeado durante mi vida. Este dilema cuya solución supera a mis energías me origina un contraste que habéis de resolver vosotros con la máxima serenidad, con la vista puesta en el pueblo que arriesgará su vida en un momento de muerte o de resurrección. ¡Ah! ¡Si con mi muerte sobreviniera esa resurrección, el conflicto dejaría de existir! 

Perdonar a nuestros enemigos es un precepto que no debemos olvidar; ¿pero si de ese perdón pende un pueblo como el mío ..... ? Días anteriores en sueños dolorosos, agitados y angustiosos, desfilaron ante mi imaginación calenturienta, dantescas visiones de castellanos y aragoneses, bailando danzas ridículas vistiendo los disfraces
heráldicos de sus escudos regionales, invitándome a doblar mi cerviz ante sus mentidas galanterías; mi indignación me condujo hasta la locura y el delirio martirizante. 

Cuarenta Castillos y fortalezas que uno y otro de esos reyes me habían robado, siguieron pasando lentamente ante mis ojos enturbiados, disolviéndose como fuegos fátuos que me enloquecían y trastornaban mis facultades mentales. 

Y aparecieron luego las siluetas de Vitoria, Logroño, Nájera y Calahorra, ardiendo en pavorosas hogueras; y las fantásticas llamas me abrasaban el pecho indignado y encoraginado. No he de ocultaros que la Bula de nuestro Santo Padre me produjo una impresión enormísima al crearme un antagonismo pavoroso, colocándome en la precisión de optar entre la Cruz y mis enemigos irreconciliables, que por ser enemigos de Navarra, lo eran míos también. ¡Horrible contraste! 

Os confieso que mi espíritu vaciló ante el pavoroso problema. Sometí a mi conturbada inteligencia el caso dificílisimo y no tuve valor ni talento para decidirme en uno u otro sentido. Convencime de que no había un término medio. Huyeron mi tranquilidad y mi sosiego: desapareció la serenidad. El silencio de la noche no me mostró un sendero, un procedimiento que me aportase solución razonable y decorosa. 

El fantasma cruel de menospreciar a la Cruz me arrastraba a la desesperación de los réprobos. El juramento que a mí mismo me tenía formulado e inquebrantable de aislarme para siempre de los que habían sido mis ladrones alevosos, me sonrojaba como Rey y como hombre. 

Rendido materialmente por convulsivas excitaciones y torturantes delirios, me sedujeron ante la idea de ofrecer otra vez a la morisma mis aptitudes guerreras; surgió de las tinieblas Satanás, el ángel rebelde, sarcástico, brindándome, como si yo ignorara que Dios le castigó airado, condenándole al fuego eterno, pero no me sedujo su gesto burlón y traidor. 

En mis delirios pensé acudir al Pontificado, exponiéndole mis reparos y la imposibilidad humana de complacerle, pero el Príncipe supremo de la Cristiandad se me representaba indignado ante mis respetos humanos y mi sed de venganza. 

Y pues que a pesar de mis angustias no se abrían las puertas y un ejército de pasiones se gozaba grotescamente en delirios de danzas, cual brujas atolondradas y endemoniadas, advertí que en mi cerebro se ensañaban, trastornando mi debilitada imaginación calenturienta y abrasadora. Con todos los debidos respetos he de declararos que mi sistema nervioso me ha ocasionado violentas sacudidas: Bien hizo Su Santidad en dirigirme la Bula que habéis escuchado; porque si se me hubiera impuesto semejante alianza vis a vis, mis nervios y mi indignación hubieran rápidamente contestado con una negativa terminante. 

Sí; bien, muy bien, hizo Su Santidad dirigiéndome por escrito esa bula, pues en otro caso, yo no hubiera podido serenamente resistirme y tal vez me habría arrastrado por humildad y por respeto. Los reyes al fin somos seres humanos y no podemos ni debemos sucumbir y arrastrar a nuestros pueblos hasta sacrificios que pugnen con sus creencias o martiricen su dignidad. 

He soportado la más honda crisis que podía sobrevenirme en mi reinado. En mis ensueños han desfilado despedazando mi cerebro los enemigos odiosos y aborrecidos, cobardes usurpadores de Navarra, luchando con el Angel del Pontificado, que me pide un imposible: el perdón de aquellos asesinos. ¡El perdón! .....; Cristo perdonó desde su Cruz, cuando agonizaba, porque no sabían lo que hacían sus verdugos ..... ¡Pero mis ladrones y asesinos, lo sabían! ..... 

Esos grotescos desfiles trajeron ante mis sentidos alucinados, la imagen borrosa y difuminada, de escuadrones desbocados, lanzándose locuaces y tormentosos de Oriente a Occidente sobre este mi castillo de Tudela. 

Y tras de esas vesánicas y enloquecidas correrías, apareció luego el pueblo navarro, aturdiéndome con gritos airados y frenéticos de imprudente desesperación, mostrándome sus puños amenazantes, brillando con verdes fulgores, fuera de sus órbitas los ojos verdes saltones, adversos hacia mi persona, acusándome de indeciso, vacilante, cobarde y suicida, vociferando por mi falta de fe e increpándome de adulador de la morisma y olvidadizo de mi Dios. 

Mis tristezas y aturdimientos, mis vesánicas y hondas preocupaciones, trajéronme después, inquietantes congojas, al aparecer precedidas de laberíntico griterío multitudes de jinetes vociferando mortificantes alaridos que proferían africanas lenguas y revolviéndose sus potros desbocados en confuso galopar, erguidas las caras cobrizas, denunciando su indignación al reprocharme ingratitudes soliviantadas sin razón ni fundamento, puesto que jamás hubiérales yo brindado alianza de ninguna especie; pero mis réplicas eran ahogadas por sus bestiales alaridos. 

Y surgió luego la efigie veneranda de mi padre D. Sancho el Sabio, airado y frenético por mis vacilaciones, renegando de mi indecisión, desfallecido o desengañado por mi morosidad, impropia de mi vascónica raza. 

Y alzándose de sus tumbas de Nájera, de Leire y Monjardín, aparecieron otros de mis venerables antepasados, envueltos sus esqueletos en sus mantos de púrpura, precedidos de una imagen de la Virgen de Orreaga, mi predilecta devoción, mostrándome aquellos con sus oseos brazos, el camino previsto por el Padre del Orbe católico. 

Despierto ya, abrumado, atolondrado y aturdido mi espíritu, descompasado mi corazón por sus inciertos y agitados latidos, al volver a la vida de la realidad, la Cruz sita a la cabecera de mi lecho me pareció resplandeciente, merced a una iluminación sobrenatural; ella disipó mis tristezas, perplegidades y presentimientos; ella me volvió a la serenidad y observé que la excelsa Patrona de Navarra me sonreía orlándose con el titulo de Sedes Sapientie. En aquel mismo instante concebí la idea de convocaros, buscando en vosotros ese asiento de sabiduría, fundado en vuestro patriotismo y sometiendo a vuestra decisión el fallo del gravísimo conflicto que ya os es conocido. 

No bastan estos días agónicos que vienen torturando mi existencia: Aun preveo otros más, cuando al cumplir mis bodas de plata con el trono, nuevas inquietudes me acerquen al fín de mi reinado, sin entrever una sucesión grata como era la que animaba a mi padre D. Sancho el Sabio a su fallecimiento en 1194. 

Yo no hubiera querido amargaros la vida con estas confidenciales declaraciones, que para mí sólo las hubiera reservado, puesto que para mí las había guardado la Providencia. Ahora, contra mi voluntad, tengo que haceros participes de todas mis amarguras y preocupaciones; perdonadme, os lo ruego. 

Como un oasis en mi corazón agitadísimo, una estrella de primera magnitud viene a iluminar mi espíritu; esa estrella es la que emanada de vuestra resolución y acuerdo, espero resignado.


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